El feísmo, como todo, depende de los ojos con los que se mire aquello que se juzga. En Galicia es un fenómeno extendido. Aquellos que no lo reconocen se ponen una venda que, a medida que crece, se va convirtiendo en una soga para su propia tierra. Pero hay otros que son extremadamente selectivos para detectarlo. A estos últimos parece alterarlos más un rastro de boñigas en una carretera secundaria que el cráter gigante de un bosque quemado. Se indignan también si detectan en un prado gallego esas bañeras recicladas que sirven de abrevaderos al ganado. Se enfadan también si se encuentran con esas balas de hierba cubiertas de lona oscura porque las consideran ajenas a la alfombra verde. Curiosamente, todos estos aliños supuestamente desagradables también pueblan lugares nada sospechosos de apuñalar el paisaje como Asturias, Cantabria o Francia, donde se miman las vistas, los pueblos y los horizontes. Pero algunos creen que el feísmo es un apellido que casi siempre acompaña a lo rural y en muy pocas ocasiones roza lo urbano. Son aquellos a los que se les agudiza el espíritu crítico cuando caen en la cuenta de que sus zapatos ya no pisan el asfalto, cuando observan que agoniza el azulejo y muere la moqueta. Habitualmente su mirada escrutadora pasa de puntillas sobre los edificios que rascan el cielo hasta la herida, porque los consideran la modernidad hecha cemento. O ignoran esos aparcamientos improvisados donde campan con alegre anarquía los coches y los matorrales. O intentan exprimir los méritos artísticos de la última escultura kitch que corona la penúltima plaza tras la antepenúltima remodelación. Pero el feísmo no tiene patria.