La imagen causaba un gran desconcierto en los paseantes. Pero, sobre todo, cuando los residentes de Juan Flórez bajaban por la noche a echar la basura. El contenedor situado frente al número 26 lucía un aspecto insólito: estaba patas arriba, dentro de la estructura metálica que el Ayuntamiento instaló hace años para impedir su movimiento. Esto imposibilitaba la vuelta. Y mientras el vecino resignado dejaba su bolsa en la calle, esperaba a que de noche los operarios de basuras lo pusiera de modo normal.
La mayoría pensaban que se trataba de una simple gamberrada. Otros que podía encerrar algún tipo de protesta. Los días pasaron y sin cambios: el contenedor seguía del revés. Junto al de Juan Flórez, apareció otro en una zona próxima, en la calle Pla y Cancela, a la altura del número 22. Entonces, la sospecha de que se trataba de una acción planificada iba a más.
¿Estaríamos ante otra al estilo de la oleada de zapatillas colgadas en los cables eléctricos surgida hace unos años o la de las pintadas con forma de cucaracha que indicaban los estropicios urbanísticos de la ciudad? ¿O sería una nueva acción de vandalismo nocturno con el mobiliario urbano por diana? Entre el vecindario se difundieron todo tipo de teorías al respecto. Y el misterio fue aumentando.
Al final, ayer por la mañana, se disiparon las dudas. Un empleado de Urbaser recogía los contenedores díscolos en un camión. No se trataba de una gamberrada. Tampoco de una protesta original. La acción partía de quienes pocos sospecharían: los propios empleados de Cespa. Buscaban, precisamente, que los vecinos no depositaran en ellos más bolsas de basura.
¿Por qué? Pues porque estaban rotos en los enganches que usa el camión de la basura para volcarlos. Así se veían obligados a tumbar el contenedor y a recogerla manualmente de su interior. Y, por ello, mientras que no se realizaba la sustitución por unos nuevos, los defectuosos se inutilizaban de esta manera tan particular.
En los próximo días aparecerán los nuevos.