La maldición del indio de la Marina

Fernando Molezún A CORUÑA/LA VOZ.

A CORUÑA

Desde que cerró el Saloon, por este céntrico local han pasado diversos negocios con desigual fortuna, como si aquella gran talla de madera hubiese dejado un hechizo.

29 sep 2010 . Actualizado a las 12:51 h.

El reciente incendio en los fogones del restaurante Oído Cocina parece darles la razón a determinadas culturas indígenas de América del Norte que atribuyen poderes esotéricos a los tótems que representan a alguna deidad o fuerza de la naturaleza que protegen a las distintas tribus. A este lado del Atlántico, concretamente en la Marina, los poderes chamánicos de estas tallas de madera tienen también sus efectos, ya que el local que ocupa el citado restaurante parece tener una espina de mala fortuna clavada desde que desapareciese de su puerta uno de los habitantes más ilustres de la ciudad durante casi tres décadas, pero que nunca tuvo nombre. Simplemente era el indio. Este gigantón que, en contra de lo que pudiera parecer, no llegó de América, sino del Barrio de las Flores, más concretamente del taller del escultor Figueiras.

Desde que a finales de los noventa cerrase el Saloon, aquel bar inspirado en las películas del oeste que puso de moda la Marina como zona de copas en 1970, distintos negocios de hostelería han ocupado este local de situación privilegiada, con resultados que a menudo se acercaron más a la pena que a la gloria. Como si de una maldición se tratase, restaurantes que tenían su gemelo a escasos metros vieron como estos se abarrotaban mientras ellos tenían que cerrar por falta de clientes. Ni los vecinos se ponen muy de acuerdo sobre los letreros que colgaron de la marquesina desde que el indio se fue. Y así hasta el Oído Cocina, que pese a su gran debut, en un mes ya ha sufrido un incendio.

Cambio de residencia

Tenga o no poderes, el caso es que la Marina echa de menos a uno de sus vecinos más célebres y más callados de la zona, que desapareció del mapa tras 27 años custodiando la puerta del Saloon, y que ahora vigila los cuadros que el pintor coruñés Fernando Pereira tiene en su estudio.

«Se lo compré a un tipo que vivía en la Ciudad Vieja. Él lo había adquirido cuando cerró el Saloon y subastaron el mobiliario. Le hice una oferta pero no quiso vendérmelo. Un par de años más tarde, en el 2000, me llamó y llegamos a un acuerdo», recuerda el pintor. El traslado de la pieza no fue fácil: «Pesa muchísimo. La peana está hueca, pero el resto es macizo, y son dos metros de madera muy complicados de mover. Contraté a alguien para que lo trasladase, y recuerdo que al verlo me dijo: ''Oye, ¿este no es el que estaba en la Marina?''. Todo el mundo lo recuerda».

Pereira es también, entre otras cosas, un coleccionista empedernido. Su estudio está lleno, como si de la cueva de Alí Babá se tratase, de tesoros de distinta índole. Además de sus propias pinturas conserva una nutrida colección de piezas de otros autores, entre ellos el coruñés Tomás Pereira, su padre, todas ellas guardadas ahora por la imponente figura del indio de la Marina.