El «making off» de una noche mágica

Javier Becerra
Javier Becerra A CORUÑA/LA VOZ.

A CORUÑA

No se recordaba una víspera de San Juan tan calurosa. Y eso creó una estampa atípica, la de una especie de batalla estratégica entre bañistas y sanjuanistas. A las dos de la tarde los primeros tenían tomado prácticamente todo el territorio, pero paulatinamente los devotos de San Juan fueron haciendo acto de presencia.

A las cuatro ya se podían ver unas quince hogueras en el arenal del Orzán. Y no solo eso. Sus autores iban marcando el territorio con palos, troncos e incluso precinto. Delimitadas las parcelas, el espacio cada vez iba a menos. En el paseo el tránsito de palés y tablas era continuo. La parafernalia festiva no dejaba lugar a dudas. Ni el más despistado podría escapar a un hecho: esa noche se iba a celebrar la gran fiesta coruñesa, la que congrega al mayor número de personas de todo el calendario.

En los locales de hostelería del paseo se iban instalando barras y grifos de cerveza en sus exteriores. La Policía Local se dejaba ver y los guardias jurados encargados de custodiar todos los accesos empezaban a hacer gestos negativos ante lo que se encontraban. Una carretilla, una silla, un carrito de supermercado. Nada podía llegar a la playa. Y no lo hizo.

Mientras todo eso pasaba, el público disfrutaba del día playero y del baño refrescante. A las seis de la tarde, el número de hogueras ya se había multiplicado por tres. El espacio empezaba a escasear. Pero sobre las ocho, el sanjuanismo ya había vencido. El Orzán apenas dejaba huecos sin conquistar y muchos de los jóvenes cambiaban el bañador por el kit de fiesta. Entre ellos, muchas camisetas rojas. No de la selección, sino las que La Voz ofreció a sus lectores la semana pasada para celebrar el señalado día y diseñada especialmente por Rei Zentolo.

A la altura de los Salesianos ya lucía una bandera ecuatoriana. A su lado, la del colectivo Cuac. Como divisiones de un mismo ejército, la masa había tomado la playa. A las nueve, el Black or White de Michael Jackson que escupían los altavoces del bar provisional instalado se mezclaban con el humo de las primeras brasas. Poco después, la música se mezcló con el olor de las sardinas, la noche cayó y el Orzán y Riazor adoptaron la estampa del fuego. Batalla ganada, por tanto. Victoria que se oficializó prendiendo las hogueras y la gran falla final.