El temporal «Xynthia», que retrasó dos horas su llegada, dejó algunas uralitas rotas y antenas caídas, pero ningún incidente de gravedad
01 mar 2010 . Actualizado a las 11:52 h.No fue el Klaus, pero Xynthia también mostró su fiereza. La denominada ciclogénesis explosiva hizo que más de uno borrase la sonrisa con la que se estuvieron poniendo en duda sus efectos durante esta semana. Lo hizo sobre las 19 horas, cuando la gente pensaba que iba a engrosar la lista de los temporales fantasma. Primero con una lluvia fina. Luego, con gran intensidad. Y, al final, con un viento lo suficientemente fuerte como para provocar más de un susto.
La estación meteorológica del dique de abrigo llegó a registrar vientos de 100 kilómetros por hora. En la zona de Riazor esa fuerza provocó escenas que hablan por sí solas: personas refugiadas en cabinas telefónicas, chicos agarrados en farolas para no dejarse llevar por el viento, portales convertidos en particulares refugios ciudadanos. Sí, lo de Xynthia, pese a las bromas, iba en serio.
Los servicios de emergencias habían fijado el impacto más fuerte del temporal entre las cinco y las diez de la noche. Carlos García Touriñán, jefe de bomberos, se lo comunicó al alcalde, Javier Losada, que por la mañana se acercó junto al concejal de Seguridad Ciudadana, Florencio Cardador, a la sala de pantallas de la Policía Local. Quería conocer de primera mano el dispositivo de emergencia previsto. Se trataba de un total de 60 personas directamente implicadas y unas 300 en previsión por si había que actuar.
Sin embargo llegaron las cinco y no pasó nada. Un tímido episodio de lluvia por aquí, una ráfaga de viendo por allá, alguna uralita floja en los tejados, nada que pudiera despertar alarmas. Para rematarlo todo, salió el sol y el paseo marítimo lució su estampa habitual: la de los paseantes. En los locales de la zona la tónica también era de normalidad. «Tal y como están las cosas, ¿cómo vamos a cerrar por una cosa así?», preguntaba Conchi Villar, la dueña de la cervecería Art-O-Briga, situada frente a la playa.
«Teníamos pensado bajar un poco la persiana por seguridad -comentaba- pero aquí, por ahora, no hay nada de qué preocuparse. La verdad es que vimos olas bastante más altas por aquí en días normales. De todos modos, está bien que se tomen preocupaciones, que es mejor prevenir que lamentar. El problema es que la gente tiene tanto miedo por todo lo que se ha dicho esta semana que nos afecta negativamente al negocio. Los sábados por la mañana tenemos mucho movimiento y hoy, con tanto aviso, pues ni los vecinos de al lado».
La cosa estaba tan tranquila que hubo incluso quien bajó a pasear a la arena. Algunos incluso llevaron la toalla para instalarse en ella. Dos adolescentes, debatían tras las dunas sobre su vida sentimental mirando al mar. Lo hacían bajo un paraguas. «Es que mi novio prefirió ir a jugar con sus amigos al fútbol que estar conmigo y aquí estamos, hablando de nuestras cosas», explica una de ellas que desconfiaba de las previsiones: «Siempre están con estas advertencias y al final no pasa nunca nada. Un poquito de lluvia y ya está». Y, efectivamente, la precipitación era más bien escasa
Pero el poquito de lluvia se transformó en cuestión de segundos en un chaparrón. El viento dobló las varillas del paraguas y las chicas terminaron totalmente empapadas bajo los soportales del hotel Riazor. «Pues sí que iba en serio el temporal», reconocía una de ellas entre risas mientras se intentaba secar el pelo. Eran poco más de las siete de la tarde.
Antenas sueltas.
Para entonces ya se habían registrado algunos incidentes. En la calle Juan Canalejo una valla de madera de una obra cedió ante el empuje de Xynthia. En Enrique Dequidt y Claveles se desprendieron dos antenas y en la calle Luna, los servicios de emergencias acudieron a asegurar un tejado en donde existía riesgo de desprendimiento. En Sir John Moore se derrumbó una farola y en San Pedro una grúa corría el riesgo de venirse abajo.
Pero el punto álgido del temporal estaba en la confluencia entre la calle Rubine y Comandante Barja. Allí, entre las siete y media y las ocho, se vivieron momentos que pudieron hacer pensar en la fuerza devastadora de Klaus. Señales retumbando, letreros amenazando caída, contenedores que desafiaban a sus sujeciones y, sobre todo, el viento silbando fiero, metiendo el miedo en el cuerpo. Una situación similar se podía contemplar en el entorno de las plazas de Portugal y de Pontevedra.
Mientras todo esto sucedía, seguía cayendo alguna uralita. Esta vez en la calle San Andrés y la calle Real. También antenas en José Baldomir y Gómez Zamalloa. En el polígono de Pocomaco incluso cayó un poste telefónico, pero, en comparación con la estampa destructiva que dejó el Klaus hace algo más de un año, el saldo de incidentes fue casi insignificante. «Nada grave y sin heridos», reflejaba el parte que el Ayuntamiento daba a las 21.30 horas.
En una de las zonas que dejó las imágenes más impactantes del Klaus, el Obelisco, ayer lucía una normalidad casi total. Lo mismo se podía decir de la plaza de Orense, la Marina o la Palloza. Desde el servicio de bomberos confirmaron intervenciones en un portal de la calle San Pedro Mezonzo y en la ronda de Monte Alto por una antenas. A las nueve y media los servicios de emergencias dejaron de recibir llamadas. A partir de ese momento, y hasta el cierre de esta edición, no se produjeron incidentes de consideración, según confirmaron desde los propios servicios de emergencias de la ciudad y la comarca.