«Todos somos normales, pero sí, yo llevo una vida normal». Así explica M.?N.?G. una persona que no pertenece a los colectivos con los que, erróneamente, se acostumbra a relacionar el sida, como si solo alcanzara a grupos marginales maltratados por drogas y miserias.
Tiene 44 años y hace ocho que sabe que el VIH se le ha colado en la vida. Trabaja, aunque también por el virus ha tenido que cambiar de ocupación. «Antes tenía una actividad más física, pero la medicación hace que el organismo se resienta un poco, por eso tuve que cambiar», explica.
En su caso, sospechaba la posibilidad de haber contraído la infección y por eso se hizo la prueba. Llegó a tiempo para tratar de poner el mayor freno posible a la enfermedad. «No noto rechazo porque tampoco lo voy diciendo; esto es muy mío, tomo la medicación y tampoco tengo, por ahora, efectos secundarios muy visibles». Él quizá lo haga porque reconoce tener miedo a ver en el espejo, y en la mirada de los otros, «esa evidencia; es que hay gente que lo lleva escrito en la cara». Por eso solicita sensibilidad para que la seguridad social asuma la corrección de las lipodistrofias (destrucción de la grasa, sobre todo en el rostro) «antes de que sea demasiado evidente».
Al margen del sueño de la vacuna contra la enfermedad, piensa también en otros avances terapéuticos y en la prevención de los que todavía están a tiempo de darle esquinazo al VIH.
Es de la opinión de que el mensaje no ha calado entre los que, habitualmente, asumen más prácticas de riesgo. «La gente joven no está concienciada, piensa que todo esto del sida les queda lejos, y no es así, está en medio de todos nosotros; no se dan cuenta -lamenta- de que en cualquier momento en el que tengan sexo sin protección, se la están jugando».