I nternet es un jardín infinito. De voracidad tropical. Con unas plantas casi medicinales. Con otras carnívoras. Y en su fértil terreno una de las plantas que florecen con mayor exuberancia es el exhibicionismo. De regadío y secano. Consciente e inconscientemente.
Unos se lanzan a la red sin red. Se liberan como si estuvieran en una cala solitaria. Y luego despiertan dándose cuenta de que están en una playa nudista abierta al horizonte y a cualquiera que pasara por allí. Como sucedió con la esposa del jefe de los espías británicos, que colgó en Facebook todo tipo de detalles sobre la vida de su marido. Si no hubiera fallecido hace ya mucho tiempo, Ian Fleming, el padre literario de James Bond, se habría muerto de vergüenza. Pero la señora Sawers no es la única. Muchos que ni se atreven a ofrecer una pista sobre si suben o bajan el próximo escalón de sus vidas se retratan sin prejuicios en esta red social.
Otros dan rienda suelta al Mister Hyde que llevan dentro. Y se dedican a difundir hazañas criminales como piratas que exhiben su botín. El mundo parece resignado a recibir de vez en cuando una dosis de repugnancia. Una paliza. Una humillación en grupo con regusto nazi. Un motorista ejerciendo de Rossi espurio, acelerando hasta los 284 kilómetros por hora para delirio de los colegas... Una galería visual en la que se le intenta dar categoría de travesura al delito.
Otros se muerden la lengua ante la prensa y la desenredan en Twitter. Como Lance Armstrong. El estadounidense dio su versión del Tour 2009 sin réplicas. Demarró en el ciberespacio. Y sigue lanzando ataques desde esa especie de más allá donde solo retumba su eco. Mantiene con esta estrategia su coraza y, de paso, resta argumentos a los que quieren consagrar estas herramientas de comunicación como las más limpias fuentes de información del futuro. Porque es su versión. Sin preguntas. Otra planta más del jardín colgante.