Compré el primer tomo en Lavacolla. Me sorprendió que en el recibo no figurase el título. Solo ponía: «1 best seller, 22,5 euros». Daba lo que prometía el tique. Al segundo volumen se llegaba por inevitable inercia y se salía con una ligera decepción por su deriva hacia los mundos de Iker. El tercero, titulado La reina en el palacio de las corrientes de aire, retoma la seriedad del primero, y mantiene el ritmo trepidante que caracteriza toda la saga. Son casi 850 páginas que no cansan aunque se leen sin descanso. Es un empezar y no parar, una lectura compulsiva, realizada por algunos inquietos con la dieta café+tabaco que llevó al autor, Stieg Larsson, a la tumba.
Afloran de nuevo las cloacas del estado del bienestar sueco, el maltrato a las mujeres (qué sana obsesión tienen los nórdicos con el asunto) y el combate entre lo justo y lo injusto, lo viejo y lo moderno, entre la máquina de escribir y la PDA con conexión 3G. Evita Larsson esta vez episodios increíbles (como el desenterramiento de Lisbeth Salander del segundo tomo), aunque vuelve a dotar a la hacker de poderes propios de una heroína de cómic. Lisbeth tiene más peso (narrativo, de kilos sigue escasa) que en el volumen anterior, donde aparecía cual Guadiana, y la historia gana. El hilo conductor es el afán de desenmascaramiento de la sección oculta de la policía secreta, que lleva aparejado el desenterramiento de Todo lo Malo en aras de la redención social de la oprimida. El «¿quién vigila a los vigilantes?» de Watchmen se responde en Millennium: los periodistas del siglo XXI y los compinches que se van encontrando por el camino. Hay una subtrama protagonizada por Erika Berger en su nuevo destino periodístico que interesa muchos menos y retiene por momentos la narración principal, pero que sirve finalmente para conectar los mundos de las dos amigas del incansable plumilla Mikael Blomkvist, que, por cierto, se echa una nueva.
Cuando acaba, uno quiere más; pero igual que no hay dos sin tres, no habrá cuatro.