La perfección no existe, dijo el concejal de Infraestructuras. Lo hizo tres días después de que una turista sufriera una caída mortal tras apoyarse en una barandilla del paseo marítimo. Por lo visto desde entonces -en decenas de imágenes de decenas de puntos de la ciudad- está claro que, de existir la perfección, estamos lejos de alcanzarla, a pesar de que este año en A Coruña, gracias al plan de inversiones municipal y al FEIL, se está invirtiendo en obras «como nunca sucediera en la historia de la ciudad».
Hay imperfecciones para todos: las hay en Mesoiro, en Eirís y en Los Rosales, pero también a pocos metros de María Pita, en la calle del Orzán o en San Andrés: los desconchones, las aceras rotas, las casas bajo las que da miedo pasar porque en cualquier momento les puede tocar la lotería del desplome, están a la orden del día.
La marea de fotos y testimonios de vecinos que sucedieron a la muerte de Isabel Herrera ha puesto sobre la mesa un problema que seguramente padezcan la mayoría de las ciudades -tal y como reconoció el propio alcalde de Béjar, donde vivía la fallecida-, pero que nunca puede ser un consuelo y, mucho menos, una disculpa: hoy, pocos vecinos se apoyarán en una barandilla sin pensar «quién sabe si aguantará el peso de mi mano o de mi cuerpo». Nada garantiza que no pueda ocurrir un accidente fatal, pero si algo ha quedado claro es que la conservación del mobiliario urbano y de las fachadas de la ciudad es insuficiente. Claro que en este caso no toda la culpa es del Ayuntamiento: los vándalos y los propietarios insensibles también ponen su granito de arena. Pero precisamente porque esta ciudad es muy usada, como tantas veces dice el alcalde, merece un esfuerzo extra en sus labores de mantenimiento. Y si algo quedó claro hace ocho días es que el de esta ciudad no es el mejor del mundo.
Tras el accidente, el gobierno local tardó seis días en reconocer públicamente que la barandilla de los Pelamios se encontraba ajustada al suelo de manera defectuosa. No solo ha sorprendido el silencio del PSOE, sino también el del BNG, que en otros tiempos hubiera exigido luz y taquígrafos desde el primer minuto.
El viernes, el alcalde mostró su consternación por el suceso y habló por primera vez con el marido de la víctima. No lo hizo hasta entonces porque, explicó, entendió que no debía inmiscuirse en el dolor de la familia... Tiene menos justificación, sin embargo, que nadie en María Pita haya respondido aún a las siguientes cuestiones: ¿por qué la barandilla no estaba bien sujeta?, ¿quién es el responsable de que el mobiliario urbano esté condiciones?, ¿cómo se realizó la última revisión?, ¿por qué el Ayuntamiento se limita a decir, sin ofrecer más datos al respecto, que el mantenimiento en la ciudad se realiza 24 horas al día los 365 días del año? En el momento de redactar estas líneas no se había contestado a ninguna de ellas, ni se había depurado responsabilidad alguna. Ni tan siquiera se había aclarado de qué concejalía depende la barandilla. El gobierno local ha preferido, al menos por el momento, que la justicia, que no se caracteriza por su agilidad, sea quien reparta las culpas.
Es más extraño aún que nadie haya convocado una rueda de prensa para contestar a las preguntas que se hacen muchos vecinos, cuando hay concejales que salen todos los días a la palestra a anunciar conciertos, convenios de promoción turística o la instalación de un cruce semafórico. Y no se trata solo de contentar a la familia de la mujer fallecida -a la que, por motivos obvios, ya nada ni nadie podrá aliviar- sino de tranquilizar a las miles de personas que todos los días salen a la calle confiando en regresar sanos y salvos a sus casas.