Renovación japonesa en las Esclavas

A CORUÑA

La superiora general de la orden, Inmaculada Fukasawa, asistió a la inauguración de dos aulas de infantil, un gimnasio, vestuarios y guardería para el próximo curso

21 ene 2009 . Actualizado a las 12:06 h.

«¡Venga! Vamos a la fiesta». En realidad era una inauguración, pero en el colegio de las Esclavas ayer era un día muy especial, de fiesta, que comenzó cuando a lo largo de la mañana la superiora general de la orden, Inmaculada Fukasawa, se dirigió a los 790 alumnos del centro, repartidos en varios grupos. «Es japonesa y reside en Roma, que es donde está la sede central de la orden», explicaba la directora del centro Lucila de Ramón López-Chaves. El idioma no fue un obstáculo: «La fundadora de la orden era española (Juana María Condesa Lluch (1862-1916), beatificada en marzo de 2003) y por eso la superiora habla español».

Aprovechando la visita de la superiora, ayer se inauguró la reforma de varios espacios interiores de estas instalaciones, llevada a cabo según el proyecto de la arquitecto María José Cifuentes, antigua alumna de un centro «que lleva 60 años aquí en Riazor, aunque antes había estado en otros sitios de la ciudad», indicaba la directora.

A la las doce y media de la mañana el sacerdote Perfecto Esparís procedía a la bendición de dos nuevas aulas, una plegaria que empezaba invocando al «Dios de la sabiduría...», muy apropiada para el aprendizaje de los alumnos de educación infantil que ocuparán las mismas y la nueva guardería que empezará a funcionar el próximo curso. La sacristana del colegio, Alejandra Pérez, asistía al cura, tratando de escapar de las cámaras de los fotógrafos; esta es una de las quince monjas que forman actualmente la comunidad de las Esclavas; entre ellas también estaba Carmen García, una veterana que durante años fue la procuradora del colegio. «Ahora la comunidad confía muchas tareas a los laicos, que tenemos la ayuda de un equipo de pastoral para mantener el ideario católico del centro», apuntaba la directora.

Al llegar a las nuevas aulas de educación infantil, los 16 niños de dos años que asistían ayer a clase habían elaborado un cartel para la ilustre visitante, en cuya parte posterior dejaron impresas las huellas de sus manos. «Esta mañana hemos estado en la iglesia y os hemos echado de menos», les decía Inmaculada Fukasawa, mientras Pablo, uno de los críos, sorprendía a todos con su desparpajo.

En la siguiente aula, los escolares de cinco años agitaban banderas japonesas y españolas, una mezcla cultural enriquecida con los cánticos, primero un texto propio de Capra: «Qué bello es vivir buscando lo que al otro puede hacer feliz», seguido del tradicional «bailaches Carolina, bailei, sí señor». Tras nuevas bendiciones de los vestuarios, uno para chicos y otra para chicas, y del gimnasio, vino la inmersión en la música gallega con muiñeiras y el baile de un grupo estudiantes ataviados con indumentaria gallega. Una profesora (60 tiene el centro) recordaba que apenas habían ensayado. La superiora japonesa, con un ramo de mimosas en la mano, no se lanzó a hacer fotos, pero sí sus acompañantes.