«Recibo mucho más de lo que doy»

A CORUÑA

Es quien decide lo que se come en la Cocina Económica. Un menú variado con el que alimenta a su «otra familia», aquella que lo necesita más que nadie

15 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

«Recibo mucho más de lo que doy». Con esta tajante afirmación explica Araceli González su sonrisa a la hora de atender a los que acuden a la Cocina Económica en busca de calor y alimento. Lleva siete años trabajando en la institución y, a pesar de que tiene dos hijos, en la parroquia que acude cada día a degustar sus platos ha encontrado a una segunda familia: «Entré casi por casualidad, como limpiadora. Pero quedó libre el puesto de cocinera, y como tengo cierta mano con los fogones pues hice la prueba y aquí estoy». A la hora de escoger el menú, tiene en cuenta que este sea variado y equilibrado, «como en casa, pero más cantidad», pero adaptándose a las especiales condiciones del lugar en el que trabaja: «Hay que ceñirse a un presupuesto determinado. Además, si hay un donativo de carne o de verdura, pues eso ya te marca lo que cocinar».

Como todo gran maestro, tiene sus platos estrella. Aquellos que despiertan mayor interés entre los comensales: «La mayoría de la gente que viene hasta aquí ha dormido en la calle, así que intentamos meter algunos platos fuertes que a lo mejor es lo único que comen en todo el día, potajes y legumbres, para que entren en calor. Y eso suelen agradecerlo. Pero realmente, lo que más gusta, son los huevos fritos con patatas. El problema es mantenerlos calientes mientras van llegando todos. Ah, y el caldo también». Independientemente de lo que haya de primero y de segundo, Araceli tiene claro cual es su mayor recompensa: «Una fuente vacía, en la que se hayan comido todo, es el mejor premio que puedo recibir».

Segundo hogar

Afirma quedarse siempre con la sensación de poder hacer algo más. Ha decidido implicarse hasta la médula, aunque eso, en ocasiones, le cueste el sueño: «Si te acostumbras se te endurece el corazón. El día que deje de sentir las alegrías y tristezas de los que pasan por aquí, seré otra más de las que pasan por delante y no hacen nada». Vive las historias de sus comensales como propias. Historias a menudo duras, marcadas por las drogas y el alcohol y que, como ella dice, tienen nombre y apellidos: «No es más que la realidad. Quien se escandalice es que no sabe lo que hay en la calle». La identificación de esta mujer con su labor llega a tal punto que no duda en calificar como su hogar a su lugar de trabajo. Algo que le pasa a más de uno de los que recalan allí: «Recuerdo a uno de los nuestros, que estaba ingresado en la residencia y apareció en la puerta de la Cocina. Le pregunté que hacía aquí y me dijo: 'Vuelvo a casa'. Y es que esto es suyo. No podrán venderlo ni hipotecarlo, pero les pertenece, es su casa».

Estos dramas personales con los que convive diariamente Araceli son los que hacen de la Cocina Económica un lugar imprescindible en el que la escala de valores varía sustancialmente respecto del exterior: «Es un sitio muy especial. Desde el personal de administración hasta los que vienen a comer. Ojalá dure muchos años más. O, mejor dicho, ojalá no tenga que durar, ya que significaría que ya no hay gente que necesita de nuestros servicios», reflexiona la cocinera.