Cayetano no está para nadie

A CORUÑA

El pequeño de los Rivera Ordóñez se encerró en su hotel durante todo el día y dedicó la mayor parte de la jornada a leer, ver la televisión y consultar Internet

09 ago 2008 . Actualizado a las 02:50 h.

El turismo es para los turistas, y Cayetano Rivera Ordóñez, a pocas horas de jugarse el tipo en una arena que no tiene mar, no está para paseos. «No, no, nada de paseos, está concentrado», dice Curro Vázquez, su apoderado, justo después de celebrarse el sorteo de los astados de Sotillo Gutiérrez en los chiqueros del coliseo coruñés. Son las doce y media.

No muy lejos de la arena, cruzando Alfonso Molina, Cayetano ha convertido su habitación en el hotel AC en un santuario, del que apenas se moverá durante el resto de la jornada; solo para comer.

Curro dice que, con Cayetano, siempre pasa igual. Se toma su labor demasiado en serio y antes de torear procura no estar para nadie. Fuera hace un calor bochornoso, y en la fortaleza inexpugnable de su cuarto del séptimo piso, el diestro se entretiene y se relaja. «Lee algo, ve la televisión, piensa... esas cosas, sobre todo piensa», explica Curro, razonablemente satisfecho con el sorteo de los toros. Curro es un tipo menudo y simpático que, finalizado el asunto de los chiqueros, señala que, «sobre el papel, tienen buena pinta, vamos a ver si embisten».

Lejos de lo que se pudiera pensar, fuera del hotel no se ha montado ningún sarao. No hay fans haciendo cola en busca de la foto, ni siquiera curiosos. Los periodistas se cuentan con un dedo. La curiosidad se concentra en el Coliseo, en ese laberinto de pasillos y puertas donde se echa la suerte de los toros, se les pone hora y orden de muerte. Hacia el mediodía, el hambre aprieta y Cayetano baja al restaurante del hotel a comer algo ligero. Está tranquilo, con las buenas sensaciones que le transmite A Coruña.

«En la habitación también navega por Internet, pero, sobre todo, descansa», dice su mozo de espadas, que gestiona en la recepción alguna cosa de la lavandería.

Cayetano no ha pisado el ruedo en todo el día ni lo hará hasta media hora antes de los clarines. Siempre es así. Para las seis y media, la cuadrilla ha quedado en el vestíbulo, junto al cartel de Botero que anuncia la feria. Desde allí recorrerá los escasos quinientos metros que separan el hotel del Coliseo en una furgoneta con los cristales tintados.

Las seis y media son las siete menos cuarto. Finalmente, al vestíbulo han llegado cinco chicas dispuestas a conseguir el autógrafo del matador. Natalia, de A Coruña, le pide también una rúbrica para su novio. Pena de un cheque. Es inútil tirarle de la lengua al diestro, que telegrafía en morse.

-¿Qué tal, Cayetano?

-Bien

-¿Y la mano?

-Mejor, recuperado, gracias.

Visto y no visto.