«Esto os pasa por ir de gallitos; no tenéis perdón»

A CORUÑA

«¿Conoces al padre de Borja?», pregunta una mujer a su hijo. Lo hace nerviosa, en la puerta de urgencias del Juan Canalejo. «Vaya disgusto que se va a llevar», continúa. Borja se metió en una pelea. Lo explica el chico y también un amigo que lo acompaña. «Eso os pasa por ir de gallitos. !Podíais estar los tres ahí», les recrimina la mujer alterada. «Pero mamá...». «!Ni mamá ni nada; no tenéis perdón!». Veinte minutos después llegan los padres de Borja. Les comentan lo sucedido y, antes de terminar, la madre del chico se desploma. Cae en redondo al lado de una ambulancia y, entre todos, intentan reanimarla. Pero no necesita oxígeno, ni agua. Necesita saber que su hijo está bien. «!Qué no pasó nada!», le decían mientras le daban palmadas en la cara.

El reloj marca poco más de las 3 de la mañana. Tras el impacto inicial, la madre de Borja se recupera del susto y del disgusto. Sus suspiros entremezclan el dolor por lo que pasó y el alivio por lo que pudo haber pasado. Su hijo, uno de tantos adolescentes que salió en la noche de San Juan, permanee en la sala de turnos. Sentado en una silla de ruedas se pueden ver restos de sangre en la nariz y el brazo, varios cortes en las piernas y una bolsa de suero.

Pies verdes

No transcurren diez minutos sin una nueva ambulancia. La mayoría transportan el mismo mal: quemaduras. Tras ser tratados, todos salen del mismo modo: pies vendados y recubiertos de una especie de plástico verde y un parte médico en la mano. Este, sin embargo, lo sostiene una chica. En la otra mano unas zapatillas de hombre con restos de arena. Al rato, sale su novio. Fornido y corpulento, sin embargo, los ojos rojos delatan que había llorado lo suyo en las curas. La chica lo acaricia con gesto maternal. Sonríe. «Te quedan bien esos zapatos», bromea.

En algunos casos las quemaduras no son la mayor preocupación. Un chico de unos veinte años llora al salir de la ambulancia. «Soy un pringao, mis colegas me dejaron tirado», grita entre lágrimas. Los camilleros le explican que no, que vienen en un taxi, que no pueden subir en la ambulancia. Poco después, cuando le dan el alta, los amigos allí están. El chico, en silla de ruedas, sonríe y alza los brazos con símbolo ganador. Uno de sus amigos, empuja la silla. Lo impulsa por la salida hasta caer él, la silla y el enfermo. Los celadores les riñen, pero los chavales, eufóricos, no hacen ni caso y siguen con su particular celebración en la zona de ambulancias. Los empleados de seguridad del hospital intervienen de inmediato. La cosa, afortunadamente, no va a mayores.

Dos salas de espera

En San Juan la sala de espera se bifurca. La oficiosa se monta en la puerta de entrada y los accesos. La otra, la de siempre, acoge problemas mayores. Allí los gestos transmiten verdadera preocupación: no se esperan, precisamente, curas de simples quemaduras o resacas de una noche en la que se bebió de más.