Miño tiene su pico de oro

A CORUÑA

No hay vecino en la villa costera que se haya librado de las bromas del loro más famoso del contorno, que cumple 17 años

24 ene 2008 . Actualizado a las 12:18 h.

Vive un loro en Miño que se llama Facundo y habla por los codos. Este pájaro brasileño, listo como una ardilla, tiene encandilados a sus vecinos, a los que piropea desde su ventana desde hace 17 años. Enjaulado, en un primer piso con vistas a la iglesia y a la principal vía de la localidad, la avenida de la Galea, Facundo saca su lengua a pasear. Lo mismo piropea a las damas o les dedica silbidos de fascinación que saluda a los que por allí pasan como regula el tráfico.

Ya en la selva brasileña donde fue capturado se le veía que bajo su plumaje se escondía un travieso. Era una mincha cuando el hermano de su ama lo trajo a casa en barco. Cuando llegó era un completo «maleducado», pero en poco tiempo y con mucha dedicación lo hicieron todo un gentleman. Fue sometido a una estricta educación. Recuerda su dueña que hace años había una obra cerca de casa y los albañiles le decían maricón al loro. Este, que no se le escapa una, en un par de días ya les respondía con la misma perorata. Los amos se dieron cuenta de que el pájaro merecía que le lavaran la boca con jabón, y mientras duró la obra no lo volvieron a asomar a la ventana. «Que hable y silbe todo lo que quiera, pero que no insulte. Es lo único que le exigimos», cuentan sus amos. Así es como lograron que su loro no se convirtiese en un faltón, como la mayoría de su especie.

Facundo no es un grosero. Es un loro afable. Solo le sale la fiera que lleva dentro cuando ve a la familia disfrutar de una pitanza a la que él no está invitado. Se pone furioso si no le dan, pues el animal no solo habla como una persona, también goza de un paladar sibarita. «Le encantan las cigalas. Muchas veces, cuando le pongo las pipas, se enfada, las tira y me pide cigalas. Tiene mucha cara», cuenta su ama.

Visitas

Su saber estar se comprueba también cuando hay visitas. Permanece callado, no dice ni mu. Eso sí, cuando la amistad abandona la vivienda, al loro le vuelve el habla. Y se queda con la cara del convidado, al que saludará desde su ventana siempre que lo vea.

En la casa creen que no se trata del típico loro que habla, sino que también piensa. «Tiene más sentido común que muchas personas», dice la ama. Recuerda con cariño las charlas que mantenía Facundo con el perro. Era un monólogo que se prolongaba durante horas mientras el can solo miraba. «Se querían mucho».

Una de sus trastadas más repetidas la lleva a cabo los días de misa. A Facundo se le da por echar una mano a los agentes de la Policía Local que dan paso a los fieles por el paso de cebra. El loro imita el pitido del silbato, les dice a los feligreses que pueden cruzar, que no crucen, que si están bien...

En resumen, que el loro es una juerga. A Miño le quedan muchos años de Facundo. Calculan que la vida de estas aves alcanza los cincuenta años. Para entonces, puede que hasta le pongan una calle. El más famoso de Miño se lo merece.