Un paseo por los claroscuros de la Ciudad Vieja

A CORUÑA

El exceso de iluminación en algunos puntos contrasta con la ausencia en otros

25 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

La Ciudad Vieja es un micromundo aparte dentro de la ciudad. Como si de una frontera imaginaria se tratase, cuando el paseante decide traspasarla accede a una zona resguardada de la prisa, el ruido, el tráfico y de todas esas pinceladas que pintan la vida urbana. Por momentos, la soledad que se puede llegar a sentir allí impone por su solemnidad.

No es el único de los efectos particulares de la Ciudad Vieja. Existe otro, quizá no tan placentero, motivado por el desproporcionado alumbrado de la zona: un positivo y un negativo que hace que de una calle a otra se pase de sentir la cegadora luz de potentes focos, a caminar por calles con faroles de luz blanca y tibia.

Anxo Varela, el vocal de Medio Ambiente de la Ciudad Vieja, se queja del diseño del alumbrado. «Nas zonas onde existe algún tipo de monumento histórico ou artístico -explica- existe un total despilfarro de potencia de luz, que fai que a xente quede cegada cando, logo, pasa a outra rúa na que non hai case luz. Os residentes estamos molestos con iso».

Efectivamente, si uno acude caminando y baja, por ejemplo, la cuesta de la calle Nuestra Señora del Rosario a las ocho y media de la tarde en invierno, pasa de una iluminación urbana normal a todo un descenso a la oscuridad. La impresión se acrecienta con el contraste, lógicamente, pero la sinuosa intensidad de la luz promete nuevas sorpresas al paseante.

Si se gira a la izquierda y se toma la calle Alfonso IX, se verá el final del túnel callejero: se trata de la iluminación de la plaza de Azcárraga. «La verdad que, al menos cuando hay gente por la tarde, debería haber más luz en todas esas calles más pequeñas», comenta Lucía Darriba, al tiempo que pasa un coche y se proyecta la sombra en la pared.

Colegiata

Una vez en la plaza de Azcárraga, se coge la calle Repeso y nos situamos en la calle Santo Domingo, donde la alternancia de intensidad lumínica es particularmente significativa.

Luis Rodríguez, que regenta un negocio en la zona, se queja: «La Ciudad Vieja está muy mal en todos los sentidos, suciedad, mantenimiento, todo. También el de la luz. Mira cómo estamos aquí y mira cómo se está allí». Señala, desde la penumbrosa calle Contaduría, la parte de Santo Domingo que confluye con San Carlos. En ese tramo la luz, amarilla, pega con gran intensidad, pero a medida que se camina en dirección a la calle Príncipe se desvanece.

De todos modos, la zona donde el problema es más grave es en la Colegiata. Nueve potentes focos golpean de luz la fachada del templo románico. El mismo número existen en el lateral izquierdo, mientras que cinco lo hacen por el derecho en la calle Santa María. Fernando Blanco, que vive en la Ciudad Vieja, piensa que es un despropósito. «Está bien que destaquen los monumentos, pero esto es demasiado», dice mientras pone su mano a modo de visera.

«Se debería realizar un proyecto conjunto para armonizar las zonas en las que se produce este desfase de luz y las que muestran carencias -opina-. Y luego, a las doce o cuando se vea que ya no hay gente, apagarlas. De una manera más equilibrada que esta se podría gastar lo mismo haciendo las cosas mejor».

Tras estar un rato expuesto a tal luminosidad, al volver a la Puerta de Aires se necesitan varios segundos de adaptación. La pupila se ha de abrir para que el ojo, cegado por el cambio de luz, pueda volver a ver. Las de los residentes se ven obligadas a practicar esa particular gimnasia ocular a diario.