Reportaje | Los primeros cuidados La Escuela Infantil Municipal Arela celebra un curso de masaje infantil, una técnica que tiene beneficios para la salud del bebé y, sobre todo, incrementa los vínculos afectivos
13 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.«El tacto es un puente fundamental, más incluso que el resto de los sentidos, entre el niño y sus padres». Así explica la educadora de masaje infantil Luzia Titán la importancia del contacto físico en los primeros años de vida del ser humano. Por esta razón, en la Escuela Infantil Municipal Arela han organizado un curso de masaje infantil para padres de niños entre los 8 meses y el año de edad. La imagen es cautivadora: diez niños -y un muñeco- tumbados en una colchoneta, rodeados por sus padres -ocho madres, una abuela y dos padres, para ser exactos-, preparados para empezar a comunicarse a través del tacto. Titán lo advierte antes de comenzar la lección: «Rara vez se puede terminar un masaje, sobre todo las primeras veces. Normalmente, y al hacerlo en grupo, termina siendo un pequeño caos». El masaje comienza por intentar llamar la atención del bebé buscando su mirada y cantándole. A continuación, se calientan las manos y se pide permiso al niño para establecer contacto: «Hay que respetar su espacio. Si el niño no quiere, es mejor esperar un rato», dice la monitora. Una vez obtenido el permiso, se comienza por las piernas, de arriba a abajo, estimulando la circulación y descubriéndole la longitud de su propia pierna, para pasar después a los pies. Las piernas son la zona más fácil, por eso se empieza por ahí, para tener una toma de contacto inicial poco agresiva. Al terminar con esta primera fase, se le da las gracias al bebé y se le pregunta si le ha gustado. El modo de hacer esto es, por supuesto, más físico y onomatopéyico que literal: estamos hablando de personas que apenas llevan 12 meses sobre este mundo. La siguiente fase es más delicada: el vientre. Con la primera presión en el abdomen, uno de los niños, desnudo como el resto, arranca a orinar sobre su madre. Es el riesgo que se corre al apretarle la vejiga a alguien que todavía no controla sus esfínteres. De ahí se pasa al pecho. Sin ser conscientes de la trascendencia de este momento de comunicación entre madre e hijo, muchos de ellos se echan a reír por las cosquillas que les produce el suave contacto de los dedos de sus progenitores. En efecto, tal y como predijo la monitora, el masaje no llega a completarse, y cada bebé termina haciendo lo que le da la gana sobre la manta tendida en el suelo del aula. Continuaría por brazos y rostro, pero tendrá que ser en otra sesión: para unos ha llegado la hora de comer, para otros de dormir, y para la mayoría, de jugar.