Historias de A Coruña | El escritor visitó la urbe en 1965 El afamado literato inglés definió a los coruñeses como los más divertidos de una comunidad en la que se cree en las brujas y en la que hay un marisco «increíblemente barato»
15 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.El famoso escritor inglés Robert Graves, afincado permanentemente en Mallorca, hizo un viaje a Galicia en 1965, del que dio cuenta el Daily Express de Londres en un extenso artículo publicado a comienzos de 1966. Sus apreciaciones sobre las tierras visitadas y sus gentes son curiosas, aunque algunas parezcan tópicas e incluso fantásticas. Comienza Graves recordando que cuando, hace 35 años, se había establecido en Mallorca, sólo había cinco hoteles en toda la isla y ahora pasaban de mil. Mallorca era para él un lugar maravilloso, siempre que se desease un mar tranquilo, sol y playas arenosas, pero, apuntaba, «si lo que usted desea es ver la auténtica España y no quiere ser metido en un corral como las gallinas, vaya a Galicia, en la costa atlántica y, por ahora, libre de turistas». Después se vuelve lírico (también era poeta) y apunta: «A diferencia del resto de España, su paisaje es jugoso y verde durante todo el año. Encontrará miles de huertos de naranjos y limoneros, bosques de amarillas mimosas, pastos que continuamente cambian de color con las flores del mes y calles bordeadas con árboles luciendo sus camelias, rojas o blancas». Paisaje Tras un piropo a sus vinos, señala: «Las arenosas playas son largas, blancas y, en su mayor parte, están desiertas. Los pinos crecen hasta sus bordes. Uno puede bañarse alegremente, incluso en abril, y obtener un bronceado más rápido que en una playa mallorquina por el mayor contenido de iodina que tiene el agua del Atlántico. Al menos eso dicen allí». Anota después sobre sus habitantes: «Los gallegos se diferencian de los demás españoles por hablar un dialecto que es parecido al portugués -se olvida decir que fue al revés, pues el portugués es una derivación del gallego-. Están orgullosos de sus antiguas tradiciones, creen en fantasmas, brujas y en milagros diarios y, aunque son cordiales, les desagrada comprometerse en un no o un sí directos»; a lo que añade: «Galicia da poetas, también políticos -como el General Franco y el ministro Fraga- y abogados. Muchos de sus aldeanos tienen más conocimientos prácticos de las leyes que la mayoría de los jueces de paz ingleses», con lo cual no deja muy bien a sus compatriotas. Sir John Moore Siguiendo el tópico, apunta que mientras Vigo es una ciudad pesquera y trabajadora, A Coruña es la más divertida y alegre, apuntando: «La ciudad está llena de bares en los que suenan las músicas de gaitas y guitarras, aunque es más famosa en Gran Bretaña por un radiante poema: The burial of Sir John Moore (El entierro de Sir John Moore), dedicado al héroe que mantuvo la ciudad contra los franceses durante la Guerra Peninsular de comienzos del siglo XIX». Tras referirse a las sardinas, «que se reparten gratis en el mes de agosto, junto con vino Ribeiro en cuencos de porcelana», apunta: «Otras variedades de productos alimenticios del mar, tales como ostras, cangrejos, langostas y los maravillosos percebes -aparecen como hinchados dedos de un esqueleto- son increíblemente baratos. El plato regional consiste en guisantes, coles y carne cocidos; y los estómagos ingleses están aquí protegidos porque rara vez se usa el aceite de oliva en la cocina». No sé qué dirá de esto el crítico gastronómico Cristino Álvarez. Religión Después, Graves hace una referencia a los protestantes: «Galicia tiene bolsas de protestantismo. En Marín, por ejemplo, el 80% de la población pertenece a esta fe». No falta su alusión a las mujeres: «Adquieren un enhiesto y airoso andar transportando todo en la cabeza -como han aprendido desde los tres años de edad-, desde un pesado haz de leña a un melón o a una botella de leche procedente de sus vacas». Respecto a las fondas y hoteles, añade: «Hay posadas baratas en todas partes, así como pequeños hoteles que viven sobre todo de los visitantes madrileños de los veranos, además de los paradores del Gobierno. El inglés se habla poco, pero uno puede arriesgarse con el lenguaje de los signos».