El fotógrafo de la gente

Perfil | Xosé Castro, «Pepucho» Es autor en La Voz de más de cuatro décadas de imágenes sobre A Coruña, desde el incendio del pazo de Meirás al accidente de avión en Montrove


a coruña

Hay fotógrafos que saben poner siempre el ojo en el lugar del corazón. Xosé Castro (A Coruña, 1942), más conocido por Pepucho, ha sido dueño y señor de esa magia, de ese flash especial. Hizo miles de fotos para La Voz y pasa a la reserva activa por su prejubilación. Se despide con un libro impagable de imágenes de toda la provincia para la Diputación. Única la instantánea que preside el dormitorio de su casa y en la que se ve un mar de niebla del que emerge como un fantasma imposible la torre de Hércules.Castro no sabrá convertirse sólo en un paseante. Ha sido el fotógrafo de la ciudad y de los ciudadanos. Su objetivo siempre ha sido la gente. Es el hombre que estaba detrás de la cámara en el incendio del pazo de Meirás, en el conflicto de As Encrobas, en el accidente del avión en Montrove, en las inundaciones de Padrón. Antes fue escudero de Alberto Martí, otro histórico. Era el muchacho que le llevaba la mochila el día que Martí sacó la foto del cuchillo en el Lardy. Detrás de cada imagen hay una historia y Xosé Castro es el hombre del millón de historias. Un millón de historias y un millón de amigos. Ha fotografiado durante décadas, más de cuarenta años publicando fotos en las páginas de La Voz, todos los rincones y rostros de la ciudad. Ha hecho bodas, bautizos, funerales. Es casi el fotógrafo oficial de las bodas gitanas. Hombre teimudo, es hincha hasta las cejas de su mujer. Se les ve pasear de la mano como si se hubiesen enamorado ayer por la tarde. Es padre, abuelo y deja heredero, cámara en mano. Corre tinta blanquiazul por sus venas, aunque tampoco le amarga un merengue. Jamás puso un problema en el trabajo. Sabía que el reloj está roto y descosido para los periodistas de vocación y acción. Expuso una colección de besos en el Casino del Atlántico que nada le envidiaban al que inmortalizó Doisneau. Besos en el paseo marítimo, besos en la calle, besos en cualquier rincón. No podía ser de otra manera en un amante de la vida. Xosé Castro sólo sabe trabajar con película de alta sensibilidad, la suya. Y sabe que, para conseguir la mejor imagen, hay que mancharse la barba de barro. Como en sus reportajes sobre las chabolas de A Cubela o de Penamoa. Claro que tiene defectos. Ex fumador de Record, como todos los conversos, no soporta el humo. Cuando se echa a hablar es como cuando se echa a andar: no hay quién le pare. Habla y habla. Y está convencido de que el aparato de aire acondicionado es una cámara de gas. No lo perderán de vista. Lo verán a su edad de corto en las pachangas de fútbol de Bastiagueiro, donde nunca faltó. Estará en la banda cuando sus nietos, Xabier, Pablo y Alejandro, goleen con el Victoria, el Dépor o el Obradoiro (hockey). Y estará, no lo duden, enfocándoles cuando menos se lo esperen, porque Xosé Castro, Pepucho, es de los que mueren con la cámara puesta y con el corazón sobre la mesa. Como demostró en la cena de despedida cuando dijo adiós con un emocionante «os quiero» que sonó como un hasta siempre, amigos.

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