HERCULÍNEAS | O |
08 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.CHASCARRILLOS al margen, el premio LivCom o como quiera llamarse el certamen nos ha servido a varios miles de coruñeses para descubrir muchas cosas. Por ejemplo, que un pequeño pueblo como Erandio, marcado por la reconversión industrial, es capaz de redescubrirse con un proyecto de rehabilitación arquitectónica capaz de devolver parte de su viejo esplendor. También he descubierto que en Tasmania hay algo más que el diablo del tatuaje o que Okokots es un pequeño pueblo de Canadá en el que las decisiones relacionadas con el medio ambiente se adoptan por el método asambleario. Restaurantes y hoteles han hecho otro agosto en noviembre -aunque alguno se quejará, como siempre, porque en su bar no han ido a gastar las generosas dietas- y el Palexco nos han enseñado otra incongruencia, como que la sala de exposiciones municipal cegó su cristalera gigante al mar, quizá por efecto contagio del edificio de ocio. China nos enseñó su desarrollismo gigantesco e imparable, mientras que Delhi nos transmitió el dolor de sus habitantes, masacrados por la intolerancia y la locura, a través de un crespón negro que nos hizo solidarios con su pena. Quizá para muchos de esos visitantes que han venido a la ciudad en los últimos días A Coruña pase a ser un rincón agradable en su memoria, como nos explicó el alcalde Bayamón. Para otros será sólo un aeropuerto, un hotel y un palacio de congresos. Pero el LivCom nos enseña a convivir con otros estilos de vida y a aprender geografía. ¿Se acuerdan de Shenzhen? francisco.espineira@lavoz.es