EN UN ARTÍCULO que apareció en estas mismas páginas a mediados de los años cincuenta, Vicente Leirachá clavó uno de nuestros defectos congénitos: echar mano al coche para cruzar la calle. Leirachá daba cuenta de los coruñeses que cogían en la parada del Obelisco un taxi para que les llevase a lo que entonces era el Banco de La Coruña y hoy el BBVA, al principio del Cantón Pequeño. No hemos cambiado mucho. Ciento veinte mil coruñeses llenaron durante tres días seguidos el centro de ocio de El Puerto y aparcar se convirtió en un juego de las sillas en el que había cincuenta jugadores por cada asiento. Quizás sea esa la única forma de aprender, encerrados entre las cuatro puertas de un coche durante horas, y cambiar de mentalidad. Esa herencia genética que nos hace presumir de haber encontrado sitio a quince minutos a pie del destino al aparcar en cualquier calle de Madrid o Barcelona, pero cambiar el chip en A Coruña y arrancar el coche cada vez que toque dar un paseo de diez minutos. O cinco. Pero, por lo que pasó este fin de semana, parece que eso se va a acabar. O en escúter o a pie, porque el coche nos roba demasiadas horas de vida. juan.gomezaller@lavoz.es