HERCULÍNEAS | O |

12 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE NO muchos, no muchos años, en los edificios coruñeses, la vecina del segundo le pedía prestados azúcar y unos huevos a la del tercero; la del cuarto se frenaba en el rellano del primero para preguntarle qué tal tus papás, bonito, al chico que llegaba descamisado del colegio. Todo el mundo estaba al tanto del pedazo coche nuevo del frutero de la esquina y del inminente traslado de la pareja del quinto al calor de Lanzarote. Hoy, la charla entre vecinos ha pasado a mejor vida. A la del sexto le interesa más la salud de la señora Beckham que la de Pérez, el paisano gris del cuarto, que es un rato feo y no sale en las noticias. La comunidad mete sus coches en el subterráneo, pasa al ascensor, luego entra en sus casas, enciende la calefacción y la pantalla superplana y se desliza entre las sábanas hasta el siguiente viaje a sus plazas de garaje. Casi no se escucha el jaleo de los niños a través de las paredes porque ya casi no quedan niños; nadie se sabe el nombre del cartero o la cartera; y no es noticia si un día, y otro, y al siguiente, el del noveno no baja la basura. Hasta que en el periódico sale que va para dos años que se ha muerto sin dejar dicho a sus vecinos «adiós, disculpen pero tengo que dejarles para siempre», el muy maleducado. laureano.lopez@lavoz.es