Testimonio | Una joven relata los obstáculos de vivir con una minusvalía La polio le dejó una cojera que no le ha impedido ni pedalear, ni bailar, ni encontrar trabajo. Por el camino, Maite se ha tropezado con el rechazo, pero también con algunos bastones de apoyo
12 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Tenía año y medio cuando la poliomielitis le lastró los primeros pasos. Pero Maite no se dejó nada atrás. «Era el terror de los taxistas con la bici -recuerda- porque para bajarme yo no podía echar los pies al suelo, tenía que ir frenando y apoyarme en el primer coche que encontrase, casi siempre era uno de ellos». Ahora, tiene 33 años y, casualidades de la vida, es la voz más conocida de los profesionales del volante. Trabaja en Tele Taxi. De la infancia en Monte Alto recuerda lo poco que le gustaba el cole -«los niños son muy crueles», dice- y su empecinamiento. Tanto que no admitió quedarse sin un castigo general de rodillas por su discapacidad. «Si tienes un carácter débil, con una minusvalía te acabas hundiendo», repite. Asegura Maite: «Mi vida es completamente normal». Tanto que lo único que haría de tener un día sin cojera sería subir y bajar escaleras. Hoy lo hace, más lentamente, con un bastón y tras haber pasado por doce operaciones. Su minusvalía es del 66%. Un curso de la Confederación Galega de Minusválidos le sirvió de puerta de acceso al mercado de trabajo. Ha ejercido de teleoperadora en distintas empresas y en la actualidad es una de las 79 personas con discapacidad que encontraron trabajo el año pasado a través del Servicio de Intermediación Laboral de la entidad. Hoy se confiesa muy contenta, pero «llevas palos importantes; cojeo, pero tengo los pies en la tierra», dice. Como el de un horno de pan en el que ni siquiera le dieron la oportunidad de la entrevista laboral al saber de su minusvalía. «No fue porque a lo mejor no podía aguantar de pie, no, fue porque, según me dijeron, con mi cojera no servía para estar de cara al público», comenta. Sin embargo, a Maite lo que más le gusta es, precisamente, eso. «Tratar con la gente -resume-, no los veo, pero hablo con ellos y al final creo que sirves de ayuda». Por contra, otros le han dado más apoyos a su autoestima. «Te suceden detalles totalmente al contrario», cuenta. «Una vez estaba en una tienda de la calle Real y una señora me confundió con la dependienta; se me ocurrió comentar con ella lo curiosa que me parecía la equivocación y me dijo que por qué no podía ser, que le dejase el currículum».