CRÍTICA MUSICAL
18 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Volvió Libor Pesek, para inmensa satisfacción del público presente en la sala. Y de nuevo fue con esa música que él lleva tan adentro y que dirige como pocos, porque si alguien puede presumir de conocer a fondo este repertorio es Pesek, como en el pasado lo fueron Talich, el inmenso Kubelik (encargado, por cierto, del estreno de la obra de Martinu que abrió el programa), Ancerl o Neumann, todos ellos impagables defensores de la música checa. Si con Martinu los resultados fueron excelentes, lo que se pudo escuchar con Dvorak permanecerá en el recuerdo como uno de los momentos más felices de una temporada que está proporcionando no pocas alegrías, gracias sobre todo a la atinada elección de las batutas invitadas hasta el momento. En el Concierto para oboe de Martinu se lució uno de los elementos más valiosos de la Sinfónica de Galicia, a los que de vez en cuando se permite brillar en solitario, Casey Hill hizo gala de un sonido bellísimo, transparente y de una acendrada musicalidad en esta hermosa obra, que entraña no pocas dificultades para la parte solista, resueltas con descaro, como si tal cosa, por el norteamericano. Muchos aplausos y muy merecidos. La Séptima de Dvorak, en manos de un director como Pesek, que la conoce tan íntimamente, y al que se debe una de las mejores integrales grabadas de este ciclo sinfónico, sonó gloriosa. La música parecía surgir de cada elocuente gesto del maestro checo con una autoridad y un sentido global admirables. El suyo es un Dvorak no tan tenso quizá como el de otros colegas suyos (Kértsez), se decanta más por resaltar los aspectos líricos y todo fluye dentro de los cauces de una serenidad que no está reñida con el dramatismo que también se encuentra en los pliegues de esta partitura. Su mayor logro es la dosificación de intensidades. En su caso, la tensión se produce por acumulación, hasta desembocar en el arrollador Finale , cincelado con esmero y desprovisto de hueca espectacularidad. Pesek cosechó largas ovaciones, tanto del público como de la propia orquesta, que rindió como suele hacerlo cuando se siente espoleada por el conocimiento y el arte de una batuta grande.