Misterio de mente

R. D. Seoane A CORUÑA

A CORUÑA

MIGUEL GAYOSO

Crónica | «Una mente maravillosa», a revisión Luis Ferrer descubre a los universitarios otro de los logros de J.F. Nash, el famoso matemático de la teoría de los juegos. Semirretratado por Hollywood, el Nobel de Economía es hoy el ejemplo vivo de una esquizofrenia de curación inexplicable

09 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Él que trató de encontrar lógica matemática bajo la más rutinaria cotidianeidad -el abrigo que ponerse al salir o el menú del día- representa uno de esos misterios que ni la ciencia es capaz de explicarse. John F. Nash, Nobel de Economía en 1994, fue ayer el protagonista ausente del ciclo universitario Cine y Ciencia y descubrió en el Fórum que hay curaciones a las que no asiste la razón. La Medicina, incluida la Psiquiatría -dicen los médicos- no es matemática. La oscarizada Una mente maravillosa , con Russel Crowe en el cuerpo de Nash, sirvió la visión artística de una vida prodigiosa y atormentada que Luis Ferrer, jefe de Psiquiatría del Canalejo, trató de «comprender, más que de explicar», dijo. Hollywood ofreció -con algunas escenas más o menos duras- la parte más convencional y amable de la existencia de un esquizofrénico fuera de lo común. Quizá por eso, porque era -es, sigue vivo, haciendo ochos al andar y tarareando fugas de Bach- un genio, logró racionalizar sus delirios de esquizofrenia. «No sabemos porqué, pero se recuperó», contó Ferrer al auditorio. Mesiánico Antes de su vuelta a la normalidad, el hombre que con sólo 21 años sintetizó su teoría de los juegos en una tesis de ¡¡¡27 páginas!!! , Nash reveló todos los síntomas paranoides. A los 30, entró en Princeton -universidad en la que entonces estaba, entre otros popes de la ciencia, Einstein- asegurando que desde el cuadrante superior izquierdo de la portada del New York Times los extraterrestres le estaban enviando un mensaje codificado. Sólo él podía descifrarlo. Así se iniciaron tres décadas turbulentas de enfermedad y demencia. Antes ya había mostrado introversión, nula tolerancia al fracaso e incluso lo que llaman aplanamiento afectivo: abandonó a su primer hijo y a su madre. Pero pasó de la excentricidad a la locura. Hombre bisexual, se separó de su mujer al creer que lo envenenaba, decía tener un permiso de conducir intergaláctico, ser el protagonista de la portada del Life bajo la apariencia del Papa o encontrar en las corbatas rojas que pululaban por el campus a los miembros de un partido criptocomunista. Llegó a ser capaz de ocultar sus delirios en sus reiterados ingresos e inició los 70 convirtiéndose en el fantasma del campus. «Princeton fue como una comunidad terapéutica para Nash», explicó Ferrer. Escribía fórmulas en los cristales y, sorprendentemente, comenzó a recuperarse y llegó a dar lecciones magistrales de su enfermedad. «Emergí de lo irracional sin otra medicación que los cambios hormonales del envejecimiento», contó. Hoy, tiene 76 años.