HERCULÍNEAS | O |

08 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

«PODÉIS destrozar todo aquello que veis, porque ella de un soplo lo vuelve a crear, como si nada, como si nada». Es la letra de una canción perdida en la memoria, quizá de esos ochenta que ahora reviven. Sonaba en las discotecas, a la hora de las lentas, en las verbenas y en una tranquila noche de San Juan, alrededor de una hoguera que ardía en la playa, cuando alguien arrancó sus acordes de una raída guitarra. «Cuando trepo a sus ojos me enfrento al mar, dos espejos de agua encerrada en cristal, la quiero a morir; sólo puedo sentarme, sólo puedo charlar, sólo puedo enredarme, sólo puedo aceptar ser sólo suyo, ser sólo suyo; la quiero a morir». La letra y la canción es de Francis Cabrel y al preguntarle a quién estaba dedicada esquivó la pregunta pero luego confesó que la destinataria era una joven judía a la que le cantaba: «Ella borra las horas de cada reloj y me enseña a pintar transparente el dolor, con su sonrisa, y levanta una torre desde el cielo hasta aquí y me cose unas alas y me ayuda a subir, a toda prisa, a toda prisa..». La joven a la que cantaba Cabrel era María de Nazaret, la misma Virgen del Rosario a la que rinden culto los coruñeses, la madre que «conoce bien cada guerra, cada herida, cada ser, conoce bien cada guerra de la vida y del amor también». manuel.rodriguez@lavoz.es