Poco más de dos horas duraron las dudas de la noche electoral. Fue el tiempo que transcurrió entre el cierre de los colegios electorales, la emisión de los sondeos a pie de urna y la confirmación oficial por parte del Gobierno de los resultados oficiales. Entre pincho y pincho, cada político mató la angustia como pudo. Fiesta, lo que se dice fiesta, sólo hubo en la Casa del Pueblo socialista. Francisco Vázquez y Carmen Marón siguieron el escrutinio en medio de su militancia. Vázquez chupeteaba una piruleta y no perdía ripio de lo que escupía la tele ( Telecinco , por supuesto). Ese canal fue el elegido por el PP, en cuya sede, curiosamente, no se sintonizaba la Primera, del denostado Urdaci, cuyo nombre fue de los más coreados -con adjetivos no demasiado positivos- en las concentraciones de los socialistas y el BNG. El presidente de la Diputación, Salvador Fernández Moreda, no se despegaba de una radio portátil. Javier Losada y Mar Barcón iban y venían de los despachos a la sala principal para informar a los líderes. A las diez menos diez de la noche, Moreda le dice al periodista: «Apunta, ganamos 166 a 148». Se quedó corto por dos, pero la algarabía estalló cuando Acebes se presentó para decir que el PSOE había ganado las elecciones. «Salta a la vista, España es socialista», gritaba Barcón mientras se abrazaba a Pilar Valiño. La histórica militante fue la primera en felicitar a Vázquez. Luego, fue materialmente estrujada por Esteban Lareo. Y ya nadie pudo parar la alegría mientras los simpatizantes llegaban a la calle General Sanjurjo con las banderas en la mano y ganas de jarana. Dos frases para el recuerdo de una gran noche. «Estos resultados los firmábamos al revés a las cinco de la tarde», dijo un ilustrísimo militante socialista en los primeros instantes de euforia, mientras Carmen Marón firmaba autógrafos como una estrella del rock. Y Carlos Aymerich remedó a Braveheart y anunció su regreso a la Universidad con un «sangramos xuntos en moitas batallas e sangraremos xuntos en moitas máis». En el PP, el cuerpo no estaba para jotas. Los interventores, agotados tras la maratoniana jornada, fueron recompensados con un pequeño ágape en un restaurante donde había pocas ganas de fiesta.