Música e imágenes

| CÉSAR WONENBURGER |

A CORUÑA

CRÍTICA MUSICAL

05 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HOY ES cada vez más frecuente oír a algunos decir que la genuina «música clásica» de nuestro tiempo se encuentra en las bandas sonoras de películas. ¿Qué significa eso? ¿Acaso la música de Hans Zimmer para Gladiator tiene más interés que una sinfonía de John Corigliano, por ejemplo? Si se trata de llegar a audiencias amplias, efectivamente, nada como el cine, el gran arte popular, para captar nuevas masas de adeptos. Pero, ¿aceptarían de buen grado los melómanos que habitualmente asisten a las salas de concierto que se programasen suites entresacadas de las bandas sonoras de los filmes de éxito junto a sus raciones de Shostakovich -quien, por cierto, trabajó para el cine-, Mahler o Bruckner? Seguramente no. La música cinematográfica, fuera de las pantallas, tiene que luchar contra su propia especificidad: su fin es reforzar nuestras reacciones emocionales ante las escenas filmadas; de ahí que sólo cobre todo su auténtico sentido cuando se escucha en compañía de las imágenes para las que fue pensada. Pero además, la concepción industrial del cine obliga a la común realización de productos estandarizados, que tienen como único objetivo atraer al mayor número de público, sin distinción: el creador de bandas sonoras, como parte de ese proceso, debe por tanto aplicar todo su oficio a elaborar una música que guste, aunque eso le obligue a renunciar a su propia búsqueda estética y dedicarse, a menudo, a explotar fórmulas muy trilladas. Melodías inolvidables La música de cine, que sin duda ha aportado algunas partituras gloriosas -melodías inolvidables, elaboradas construcciones sinfónicas-, no es el ámbito donde el melómano satisfará sus más altas expectativas; si no más probablemente en obras concebidas para las salas de concierto, quizá fruto de encargos, pero liberadas de tener que servir como pieza del engranaje de una película, su significado predeterminado por las imágenes. Dicho esto, no hay ningún reparo a gozar de vez en cuando en un concierto con esos fragmentos musicales que evocan recuerdos de nuestra memoria cinéfila: desde las andanzas romanas de Anita y Marcello a ritmo del siempre audaz Rota hasta los más recientes, estilizados combates de Tigre y Dragón con música de Tan Dun, el compositor chino de moda. Si se cuenta con un instrumento de primera fila, como la OSG, capaz de disfrutar en cualquier empeño, y con un director conocedor de lo que tiene entre manos, Paul Bateman, todo es posible. Palacio de la Ópera.