El pulso de la ciudad Caeiro expone el coche de Alonso. Manuel Martínez estuvo a punto de ser el nuevo Míster España. El celador Arturo Cabado se jubiló tras décadas en el hospital
01 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.?os segundos del cronómetro, esos que hacen que un deportista pase de la gloria al fracaso, o al revés. Para los fabricantes del monoplaza que ayer llegó al concesionario Renault Caeiro un segundo es un mundo. Ellos aprietan las tuercas hasta la última décima. Los aficionados están de enhorabuena porque durante unos días podrán ver de cerca un coche similar al que utiliza el piloto Fernando Alonso , el asturiano que compite en popularidad con doña Letizia . Ayer por la tarde ya había mucha gente haciéndole fotos. «Tuvimos que hacer numerosas gestiones y suscribir un seguro millonario para tenerlo aquí», me comentó María Caeiro . El vehículo permanecerá en el concesionario de As Xubias hasta el sábado. Lo que resulta imposible es encenderlo porque vino sin motor, un elemento codiciado por los competidores, pero que no es necesario para la foto. Se llama Manuel Martínez Suárez y es un atractivo fisioterapeuta coruñés. Este fin de semana participó en la final nacional del certamen Míster España que se celebró en Oropesa del Mar y estuvo a punto de ganar. «Fui el primer finalistas, es decir, quedé segundo. Estoy muy contento porque para mucha gente soy el ganador moral», me contó desde tierras mediterráneas. A sus 27 años, que son bastantes para estos asuntos de belleza, espera que lo llamen para representar a España en algún concurso internacional. Por cierto, el primer guapo del país es un almeriense al estilo David Bisbal. ?i un segundo esperó Arturo Cabado Vizcaíno , celador del Juan Canalejo durante las últimas tres décadas. Cumplió 65 años y se jubiló. «Hay que dejar paso a los jóvenes», reflexionó. Natural de la localidad lucense de Friol se vino a A Coruña para trabajar de cobrador en la empresa de autocares Cal Pita. En 1972 empezó su carrera hospitalaria. «Mi primer destino fue en urgencias. Lo recuerdo como si fuese hoy. Llegó un señor con un paro cardíaco y me impactó», rememoró. Desde entonces recorrió distintas áreas del hospital sin cambiar de humor: «Siempre me levanté contento para ir a trabajar». Reconoce que se emocionó cuando se despidió de sus compañeros y que lloró cuando se abrazó a su sustituto. Le pedí un consejo para las nuevas generaciones. «Tratar a los enfermos con cariño. Si quieren hablar hay que escucharles. En definitiva, hacer las cosas bien», resumió en un segundo.