Un garaje explosivo

Carlos Fernández A CORUÑA

A CORUÑA

Historias de A Coruña | Tragedia en Os Castros Hace 25 años tres trabajadores perdían la vida en un taller de la calle Vales Villamarín al estallar una bombona de acetileno mientras se realizaba una soldadura

08 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

La onda expansiva alcanzó un kilómetro y se oyó en toda A Coruña. Tres muertos y varios heridos, entre ellos cinco niñas, además de numerosos daños materiales, fue el balance de la catástrofe acaecida en el taller-garaje sito en el número 89 de la calle Vales Villamarín, en el barrio de Os Castros. Ocurrió poco después de las seis de la tarde del 28 de octubre de 1978. Un fogonazo iluminó la calle con centro en el taller y la onda expansiva destrozó todos los cristales en un radio de un kilómetro. Y eso gracias a que un camión perteneciente a Juan Blanco, el propietario del taller, situado en la puerta del inmueble, amortiguó bastante los efectos de la explosión. En los primeros momentos, mucha gente creyó que habían reventado los tanques del muelle terminal de la refinería de petróleos. La casa colindante con el garaje, la número 91, quedó destrozada. Afortunadamente, sus inquilinos habían salido poco antes, y las viviendas situadas enfrente sufrieron deterioros de importancia en mobiliario, paredes, techumbres y puertas, calculándose en más de treinta millones de pesetas. Víctimas El balance inicial fue de tres muertos, entre ellos Justa Fernández, la esposa del dueño del taller, aunque se creía que entre los escombros del inmueble podía haber más cadáveres. Los otros heridos fueron cinco niñas, de ellas dos hermanas (Luisa y Encarna Luar Cazalla) que pasaban por el lugar, y una mujer, Esperanza López García, de 22 años, domiciliada en la misma calle de Vales Villamarín. Curiosamente, en el sótano del inmueble destruido, había animales domésticos, como perros, conejos y gallinas, que no sufrieron daño alguno. Poco después del siniestro, llegaron tres coches de bomberos, varias ambulancias y numerosos efectivos de la guardia municipal y policía armada. Se empleó, asimismo, el brazo artificial, que fue utilizado por los contraincendios para ver, desde encima de la casa que estaba a punto de derrumbarse, lo que había detrás. Entre las autoridades que allí se presentaron destacaba el gobernador civil, Gómez Aguerre, que se encontraba en un viaje de trabajo en Ferrol y vino desde allí, y el alcalde accidental, Pedro García Baquero. El garaje donde se produjo la explosión era un edificio de una sola planta propiedad de Juan Blanco. Podía considerarse una empresa familiar y trabajaban sábados y festivos. La detonación fue debida a que reventó una de las bombonas de acetileno, cuando se estaba efectuando una soldadura. En la nave había, además, otra de oxígeno, también utilizada para soldar chapa. Parece que la primera de ellas debió de agotarse y producirse entonces una succión de la llama hacia la botella por un fallo de la válvula reguladora. La explosión alcanzó a la mujer, Justa, y a su yerno, Juan Paz, junto a la puerta, quedando aplastados y carbonizados junto a los cascotes. Entre las casas afectadas, además de las dos citadas, estaba el edificio Fepiva, en el número 253 de la prolongación de General Sanjurjo. Un dato macabro: en el número 252 de esta calle, un vecino se llevó un susto de muerte, pues se encontraba en la cama en el momento de la explosión, y al venírsele encima la contra de la ventana se encontró con una mano ensangrentada, perteneciente a una de las víctimas. A ello hay que añadir que en la famosa explosión del Cabo Machichaco, ocurrida en el puerto de Santander a finales del siglo XIX, la mano del gobernador civil, que estaba presenciando las labores de extinción cuando explosionó el buque (llevaba una carga de cajones de dinamita), apareció en Santoña, a unos 30 kilómetros, y fue identificada por su anillo de casado.