Testimonio | Conchi Álvarez, operada de cáncer de pecho «Estoy viva, estoy aquí», recalca esta mujer de 40 años a la que hace tres le detectaron un tumor de mama. «Se puede salir, no hay que acobardarse», insiste
23 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?onchi se encontró a los 37 y casi de repente separada, sin trabajo, con una niña pequeña y un cáncer. «Circunstancias de la vida», resume. Lo que era un garbanzo descubierto en el pecho al salir de la ducha se convirtió en una nuez apenas tres meses después. Era febrero del 2000. El 24 de abril entró en el quirófano para que le extirparan un tumor de cuatro centímetros. Y el seno. Después vinieron seis duros ciclos de quimioterapia. Y un autotrasplante de células «terrible». Estuvo veinte días totalmente aislada. Pero todavía hubo más: veintiocho sesiones de radioterapia. Y otro 28, el de los Santos Inocentes, celebró con los suyos una Navidad muy especial. «Lo primero que pensé fue 'me voy a morir' -recapitula- pero tuve la suerte de dar con un médico excepcional, no sólo un profesional como la copa de un pino, sino una persona capaz de dar malas noticias enfocando la historia desde el otro lado. No paraba de repetirme 'dentro de un año estarás aquí para que te reconstruya el pecho'». Tardó un poco más, pero así fue. Las noches «con el alma en vilo», como ella dice, son también pasado para Conchi. «Con el cáncer te das cuenta de que lo importante es el día, el de hoy, y no sólo porque lo tienes, sino porque es así, siempre». Lo describe muy bien: «Esta mañana (por ayer) caían chuzos de punta, pero yo sólo vi amanecer; antes hubiese dicho '¡qué horror, cómo llueve!'». Angustia y esperanza Habla del torbellino acelerado de la angustia. Acaba de estrenar los 40 y hace apenas tres esta mujer trataba de negar la evidencia porque «sabía que tenía que operarme y pasar por la quimio, pero me empeñaba en seguir buscando trabajo», cuenta. Reconoce incluso que «sentí pena de mí misma». Por eso comprende la mirada triste de los demás y tampoco oculta que «pasas por muchos bajones, te cuesta sentirte siempre cansada, verte sin pelo... o que tu hija, con seis años, te pregunte qué es el cáncer». Ahora «me compadezco lo justo», dice, porque tiene claro que «puedes quedarte en casa por miedo a que te atropellen; yo, desde luego, pienso cruzar». Hoy, es otra. «Soy mejor persona y mi vida es mejor ahora», insiste. «Hasta los 35 mi vida fue una balsa de aceite; no todo el mundo puede decir lo mismo, es un privilegio, porque a todo el mundo le toca, antes o después, el lado peor de la vida». Por eso está convencida de que el temido diagnóstico le sirvió para descubrir «todo aquello con lo que me quedo, las cosas que me llenan, cosas cotidianas como despertar a mi hija, bailar, charlar con los míos... me he dado cuenta de cuánta suerte he tenido». Reconoce Conchi que nunca le faltaron apoyos. Comenzando por su familia -«sin ellos no habría podido», insiste-, continuando por Palmira, la psicológa de la Asociación Contra el Cáncer, y siguiendo por su verdad: «Sé que soy necesaria, quiero estar aquí para ver crecer a mi niña». El cáncer le sacó un pecho e incluso le enseñó la cara de la discriminación: «No me han dado un trabajo por si podía recaer; nadie piensa que los infartos también repiten». A cambio, le dio paladar para saborear lo que antes apenas percibía. Y otra «serenidad», define. «He aprendido -concluye- a tener valor para marcar mis prioridades; cuánto tiempo he perdido haciendo lo que creía que debía o lo que querían los otros, no lo que quería yo».