Testimonio | La cuesta de enero, en septiembre Los Quijado Fanego, con tres hijos, echan cuentas para la campaña escolar
06 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?n casa de los Quijado Fanego hacen ingeniería financiera, pero de la de verdad. Rodolfo (el padre, funcionario) y Mar (la madre, comercial) son una pareja de héroes en la sociedad de los hijos únicos. Juntos sacan adelante a Beatriz, Rubén y Elena (8, 8 y 5 años) y la educación de su familia numerosa -la enseñanza básica, reza la Constitución, es obligatoria y gratuita- les cuesta muchos números. «El problema no son los niños -dice la madre- sino la falta de apoyos; las ayudas de las que hablan son un cuento chino, y no me refiero sólo al dinero». Porque los euros, en septiembre, se van «en un chorreo constante». Vamos, como un grifo abierto. Entre libros, ropa, y material escolar diverso, desde el bloc de dibujo hasta la flauta para música, hay que mirar, y muy mucho, cuanta oferta y descuento promociona la vuelta al cole. Para afrontar una cuesta de enero en septiembre, Mar tiene un truco: «Llevo ahorrando desde junio, cada mes voy apartando algo de dinero para la campaña escolar». Y algunas artimañas más ayudan a salir airoso de un mes fatídico para cualquier economía doméstica, como aprovechar para comprar ropa de entretiempo en rebajas o confiar que el tiempo se alíe con uno «y no tener que vestirles para el invierno hasta octubre». Su prole, que estudia en el Wenceslao Fernández Flórez, no necesita uniformes, pero sí sudaderas, chándales, zapatos.... Ya se sabe, los niños crecen y el sistema ya se ha encargado de que no se puedan heredar ni los libros. Este año, la familia ha decidido compartir mesa -«sólo el comedor para los tres me subiría de las 40.000 pesetas», aclara la madre- y no le queda más remedio que hacer encaje de bolillos para compatibilizar entradas y salidas académicas y extra-académicas. Porque las actividades van aparte, en coste y tiempo. A Elena, por ejemplo, le gusta pintar y todos van a la piscina a nadar, otra factura más, para al menos no tener que limitar a los niños a aquellos entretenimientos fijos con horarios que no coinciden. «Echo de menos más oferta en los centros mientras estamos trabajando; a partir de las seis, no hay nada», lamenta. Porque ella confiesa que es comercial casi como única opción: «Sólo así puedo organizarme para traer, llevar y atender a los niños; he tenido gente en casa pero no me duran un asalto», explica Mar. Y a cambio de tanto esfuerzo, ¿qué? «Nos dan 12.000 pesetas para libros, de risa, vamos», dice casi por lo bajo. O de vergüenza.