Dímelo en la playa

PACHO RODRÍGUEZ

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

12 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay teléfonos ahora que, cuando suenan, parecen la París de Noia. Y hacen fotos. «¿Dónde estás, cariño?». «¿Dónde voy a estar? En el trabajo». «¿Y ese ruido de vasos? Anda, hazte una foto». Es la nueva telecomunicación. La moderna. La otra sigue igual. Hace tanto calor que dos cuerpos se esconden en el silencio del salón. En la televisión hace ya casi un mes que Lance Armstrong pasó la raya de París. Unos programas presuntamente informativos se dedican a esas horas a hablar del corazón de unos personajes rotos. Llega el sueño y los dos cuerpos se sumergen en la nada. Comunica la nada. Afuera, en cambio, habrá un niño en Bastiagueiro que como el africano del cuento de Loly Singer volverá a descubrir el mar y comunicará con exquisita ingenuidad: « ¡Sabe salado! » (Ediciones Primera Persona). Una pareja de jóvenes refresca su primer amor en los, a veces buenos, aires acondicionados de los centros comerciales. De Los Rosales a Cuatro Caminos, a la caza de un beso helado. El cuerpo de la mujer decide que, por fin, hay que hablar. Del final. «Le diré que esto se está acabando sin que nadie haga algo». La mujer se sienta frente al cuerpo del hombre. «Tenemos que hablar», le dice. «Dímelo en la playa», contesta él. Qué calor hacía.