HERCULÍNEAS | O |
28 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LA RUTINA, ese demonio de la modernidad, nos condena a un brutal esquema de coche, oficina, caña y hogar dulce hogar (con suerte, claro). A Coruña está ahí, pero durante meses sólo parece el decorado que desfila por la ventanilla del autobús número 17, un largometraje de escaparates, paseantes y coches infectados de humo y decibelios. Vivimos en la ficción de lo urgente y ni siquiera somos capaces de observar que en la esquina de esa calle que cruzamos cada día camino del despacho, resulta que hay un edificio modernista de deslumbrante belleza. Basta un golpe de vista para descubrirlo, pero tiene que llegar un tipo disfrazado de bermudas y camiseta de tirantes para que nos fijemos en que, tras el objetivo de su ultramoderna cámara digital, está esa casa de galerías a la que jamás habíamos prestado atención. Para derrotar a los fantasmas de lo cotidiano, lo mejor es dejarse caer una tarde por el centro, con la mirada huidiza, y pararse a escrutar cada casa, cada árbol, cada encrucijada. El urbanita se merece una jornada como turista accidental en su propia ciudad, para rescatar del desván de su memoria aquellos rincones desperdiciados luego por la mente del adulto. La receta es simple. Piérdase, como si A Coruña fuese el laberinto empedrado de Praga.