Las bromas, las amenazas o los improperios a través del teléfono son la pesadilla de muchas personas de bien. La policía, a veces, usa más el ingenio que la técnica
03 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Una coruñesa recibía llamadas casi a diario de un individuo que le decía de todo menos bonita. Oculto tras un número de móvil, le auguraba a la pobre mujer desgracias como que se iba a morir después de una larga enfermedad. Otras veces le achicaba la vida y le decía que él mismo le daría matarile. Siempre acompañaba sus comunicaciones con todo tipo de insultos y vejaciones. La mujer, cansada, puso el asunto en manos de la policía. Cazarlo no fue fácil. El sujeto realizaba las llamadas desde un teléfono móvil de tarjeta, de los que no es necesario identificación alguna al comprarlo. De él, sólo tenían su número de teléfono. Nada más. Operadora Para atraparlo, era necesario contar con la ayuda de la operadora de telefonía. Le pidieron un listado de todas las llamadas que salían y entraban de ese móvil. Con el papel en la mano, el agente de policía que llevó el caso comenzó a llamar al azar a los números que aparecían como llamadas recibidas. En una de ellas contestó un chico joven. El agente se identificó y le preguntó si conocía a la persona que había llamado días atrás con el número móvil equis. El receptor le dijo que sí, que se trataba de su primo. Dio su nombre, apellidos y dirección. Sólo hubo que ir a buscarlo. ¡Ojo!, la opción que tienen los móviles de ocultar la identidad de la llamada no sirve de nada para esquivar a la policía. Celebrado el juicio, el acusado fue condenado a una multa de 300 euros por una falta de amenazas, coacciones y vejaciones. Insultos al jefe Más rocambolesca fue la detención de otro individuo que utilizaba siempre la misma cabina para insultar a su jefe y a su familia. Sería un derroche apostar en el lugar a un agente día y noche a la espera de que se produjese otra llamada. Un banco fue la solución. Una de sus cámaras de seguridad alcanzaba a visionar la cabina. Sólo hubo que esperar a la siguiente comunicación. Fue un 23 de abril del 2001 a las tres de la madrugada. La policía pidió la cinta de esa noche al banco y allí apareció retratado el empleado. El hombre fue llevado al banquillo de los acusados y le impusieron una multa de 225 euros. En su despido nada tuvo que ver un juez. De eso se encargó su jefe personalmente. Ni la propia policía se libra de las llamadas malintencionadas. Uno de los casos más recordados en la sala del 091, sino el que más, fue el de un hombre que llamaba desde su teléfono móvil para denunciar una pelea, un navajazo o una violación. Cuando los coches patrullas aparecían en el lugar no había más que silencio. Un día decidieron poner al bromista contra las cuerdas. Era lógico suponer que el individuo, nada más llamar, esperaba en la calle la llegada de las patrullas para divertirse. Una tarde, uno de los agentes de la sala del 091 recibió una llamada de un número que se correspondía al utilizado por el sujeto. Envió un agente de paisano en un coche camuflado. Aparcó y dio aviso a centralita de que marcaran el número de móvil en cuestión. A tan sólo tres metros del policía, un teléfono sonó.