El «¡Jo, jo, jo!» de Papá Noel no es casualidad. La carcajada tiene efectos, al menos, semicurativos. Así lo creen y lo enseñan cada vez más profesionales de la salud
30 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Diez de la mañana. Salón Victoria del Finisterre. Un lujo si no fuera porque hace sueño y, por delante, se extiende la alfombra de densas jornadas de ponencias. Es el congreso nacional de enfermería vascular y 270 profesionales de todo el país llegadas a esta esquina del mismo se estrenaban el jueves en en el simposio con un cóctel de escepticismo y curiosidad. El título de la mesa es, al menos, singular: Terapias complementarias y alternativas . Montse Sanmartín Gómez está dispuesta a demostrar que la risa ni es gratuita, ni intrascendente. «Cerrad los labios, como si no tuvieráis dientes, y tratad de decidle a la de al lado cómo os llamáis». Como una desbandada, vuelan las risas en un auditorio que, de repente, despierta. «¿A qué no os sentís igual que hace cinco minutos?», pregunta la ponente. Universitaria y universal La risoterapia es una diplomatura universitaria en los USA, donde hospitales como el de Ucla dedican sesudos departamentos a redescubrir algo que el ser humano aprende antes que a hablar: reír. Y no es sólo sugestión. Al igual que mucho se ha hablado del efecto Mozart -la musicoterapia-, se han comprobado científicamente los beneficios medibles del humor. Sanmartín habló sólo de algunos: «Para empezar -espetó-, adelgaza, cada vez que nos carcajeamos movemos trescientos músculos». Pero soltar la mandíbula tiene otras poco divulgadas propiedades: actúa sobre la circulación sanguínea, disminuye la presión arterial y llega a mejorar el sistema inmune al activar la segregación de inmunoglobulinas. Estimula los medicamentos internos (endomorfinas) contra el estrés y qué decir de los beneficios de respirar más profundamente. Porque la oxigenación actúa sobre el dolor e, incluso, sobre los procesos inflamatorios. «Se han hecho estudios -recalcó- con pacientes crónicos sustituyendo una toma de medicación por una sesión de risa; el resultado fue el mismo». Porque, sorpresa, no se trata de convertir los hospitales en circos, pero hay centros -por supuesto en EE. UU- donde en vez de salas de desespera hay salas de la risa. Y hasta carros de la risa que han cambiado el arsenal de grageas, jarabes e inyecciones por cómics, vídeos y música divertida. Vocales y escondites Visto que reír desencadena en el cuerpo reacciones saludables -«complementa, no sana, pero ayuda a otras terapias», subrayó Sanmartín-, sería un desperdicio no aprender a hacerlo. Pero ¿cómo? Al parecer, la risa tiene su escondite no sólo en las cosquillas. Está en la espalda, sobre los riñones, y se puede descubrir si otro la tantea masajeando con los codos. Sin esperar a que la risa nos venga dada, la sintaxis algo tiene que decir. Reírse es reflexivo y hacerlo delante de un espejo ayuda a convertir lo patético en cómico. «Mi marido ya no se asusta de estas cosas -confesó la conferenciante- y cada día dedico cinco minutos a reírme de mí misma». La forma es variada y las vocales dan la clave. Sugieren los duchos en la materia que Papá Noel, por ejemplo, no baja por la chimenea con un ¡Jo, jo, jo! por casualidad. La vibración de la cabeza sosiega. Con la ¡ja! , la que se mueve es la barriga, el ¡je! actúa sobre el corazón, la ¡ji! es la mejor para descargar las cervicales y el ¡ju! hincha el pecho. Si no cura, al menos entretiene.