CRÍTICA MUSICAL | O |
04 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.SI EN un auditorio acostumbrado a los menús fuertes la escucha de la Octava de Shostakovich provoca una continua y abundante sucesión de carraspeos, bostezos y miradas furtivas al reloj del pulsera, ¿qué será cuando dentro de un par de décadas tomen el relevo en sus asientos esos chicos educados en la enorme brevedad del videoclip? Aceptémoslo, nos encontramos en el tramo final de la civilización que hemos conocido. Los poderosos frescos sinfónicos de Shostakovich no aguantan 20 años más; y es una verdadera lástima, porque la vigencia de sus propuestas, ese grito salvaje, surgido de la desesperación más íntima, reflejo del horror y la inhumanidad de la guerra y de la opresión de un espíritu libre sometido a los crueles dictados del totalitarismo, es la misma hoy, visto lo que está cayendo, que hace 60 años.Escalando otro peldaño en su necesario Ciclo-Shostakovich , Víctor Pablo ha ofrecido en su último concierto con la Sinfónica una Octava de notable intensidad. El hábil constructor que es y que siempre demuestra ser se ha dejado ver en la elaboración milimétrica de cada clímax; pero en el resultado global se han echado a faltar quizá un mayor fuego expresivo: la búsqueda de la belleza del sonido y la nitidez del fraseo difuminan los perfiles más oscuros del discurso musical, y se pierde la ironía en el Allegretto . Genio despistado La respuesta de los maestros de la Orquesta Sinfónica de Galicia, como acostumbra, fue deslumbrante, lo mismo que en su colaboración con el virtuoso pianista Anatol Ugorski, artista con pinta de genio despistado. El ruso exhibió las mismas cualidades que Poulenc atribuía al pianista Prokofiev, al que definía como «preciso, implacable y musculoso». La monumental cadenza del primer movimiento del Concierto nº2 fue un auténtico tour de force . Potencia, agilidad y ejemplar sentido rítmico al servicio de una interpretación redonda, de perfiladísimos matices y exquisita claridad expositiva. Orquesta Sinfónica de Galicia.