Laura se quedó parapléjica en un accidente de coche hace diez años. Hoy, vive sola, compagina trabajo y estudios y no renuncia a viajar. «Soy igual que tú, pero sentada», dice
26 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.?u empuje no está en las piernas. «Aquí tengo la fuerza», dice Laura apuntándose la sien con el índice. Con el mismo gesto dibuja en el aire lo que, hace diez años, imaginaba era una vida a media altura. «Yo también decía -reconoce- que prefería pegarme un tiro a quedarme en silla de ruedas». Hasta que un árbol la sentó de repente en la realidad. Puso, por suerte, un punto y seguido. Tenía 22 años. Viajaba de madrugada en el asiento del copiloto, el coche bandeó y fue a empotrarse de frente contra un tronco en las afueras de Lugo. «No me dolía nada, ni perdí el conocimiento; mi asiento ni se movió y yo tampoco salí despedida, sólo me fui hacia adelante y ya no pude incorporarme: era como si tuviera ocho toneladas sobre la espalda, no sentía las piernas. Y todo por no llevar el cinturón», recuerda. Del hospital lucense la trasladaron de inmediato a A Coruña. «Cuando me dijeron Juan Canalejo me entró un poco de canguelo, pero ni se me pasaba por la cabeza la silla de ruedas, creía que no me podía mover por el shock ». Pero Laura ingresó en la unidad de lesionados medulares. «Ahí empezó el dolor de mi vida; las piernas eran lo de menos porque era insoportable». Un mes estuvo tumbada hasta que la operaron. No preguntó nada porque «no quería saber nada, venían a verme chicos en silla, pero yo prefería seguir en la inopia». Una conversación ajena -una compañera que interrogó al médico- le confirmó lo irreversible de su lesión. «Ella -cuenta- se pasó la noche llorando y tratando de consolarla me autoconvencí, la animé a ella y me animé a mí». Laura no quería, ni quiere, oír hablar de resignación. Dejar el hospital seis meses después, salir de donde «nadie te mira, porque todos somos iguales», explica, fue lo más duro. Y no sólo porque «con el alta médica se terminaba hacer de enferma». Laura renunció a caminar, a duras penas pero caminar, porque «la elección era dedicar ocho horas diarias a rehabilitación o hacer otras cosas». Y eligió vivir sentada. No fue fácil. «Yo estoy preparada para el mundo, es el mundo el que no lo está para mí», resume. Ella no se veía en el papel «de pobriña», como lo define, y confiesa que nunca pensó lo estrechas que pueden llegar a ser las puertas. Y decidió variar el rumbo. Cambió de ciudad, volvió a estudiar, trabaja y hoy casi ya no recuerda qué echa de menos de su anterior vida. «La silla -opina- se ve peor desde fuera; superarlo depende de ti, no de tus piernas».