Participar de miembro de apoyo de la regata es someterse a «torturas» del tipo de no pegar ojo en 72 horas, soportar un sol infernal y trabajar de chico para todo
30 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La niebla cubre al Alexander von Humboldt , un velero alemán de tres palos. Son las ocho de la mañana y acaba de llegar a la ciudad. Me han designado su oficial de enlace, su chico de los recados, su anfitrión en la ciudad. «Digamos que necesito cuarenta, no, mejor cuarenta y cinco toneladas de agua». Esta petición, la primera de las más de cien que atenderé en las próximas 72 horas, nace de los labios de Francis, contramaestre del barco y británico cien por cien, de esos que se tomarían un té en medio del desembarco de Normandía. El barco está atracado en el muelle de Calvo Sotelo. De ahí a la oficina de enlaces de la Dársena, donde se tramitan las peticiones, hay un buen trecho. Por el camino tengo que hacer eslalon entre la avalancha humana. «¿Por qué habré prestado mi bicicleta?», me pregunto a la tercera caminata de ida y vuelta. Cena del Capitán Exhausto llego a la noche, que la protagonizan, a partes iguales, un lomo de ternera brasileña a la pimienta y la cerveza Becks que patrocina el velero. Hans Kurnol, capitán del Alex, sonríe mientras pone el epílogo a quince días de navegación, de viento y de sueños. Antes de que cambie la tripulación del velero, ofrece a los marineros y al oficial de enlace una cena y una fiesta en cubierta. Trasladar una vela de cien kilos es la estrella de la mañana de un sábado que termina, cuatro litros de café después, con una fiesta en el interior del velero, brindando con Becks y sustituyendo el estrés del día por el alcohol que aterriza de noche sobre los muelles y pantalanes, y que, dicen, contribuye a hilar lazos de unión entre las naciones unidas que pueblan la dársena. La resaca de la mañana siguiente coincide con un cambio de tripulación, y trae nuevas caras y, con ellas, renovadas exigencias. No he dormido apenas desde que atracó el velero, y no pillaré cama hasta las tres de la madrugada del lunes. Cuando llego a casa, el espejo me muestra a un tipo con moreno camarón. Toca madrugar de nuevo. Ya es lunes. Hoy se marchan. El sueño de tres noches de verano viaja ahora hacia Lisboa. Y yo navego hacia la cama.