El buen tiempo animó a miles de personas a recorrer con sus disfraces el corazón del Antroido coruñés
12 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.«Hay que deformar la realidad con los mínimos recursos. Se trata, en definitiva, de reírse de la vida». Eso son los choqueiros para su instigador, el concejal de fiestas José Manuel Iglesias Mato -Palau, para todo el mundo-. Y todo indica que para reírse de la vida es necesario lucir mono de faena, de esos en azul, como salidos de un taller mecánico o un edificio en construcción. Al menos, ese era el traje oficial de los paseantes de la calle Torre. La mayoría, niños con sprays cargados de nieve artificial que se dedicaban a poner perdido a todo el mundo con la excusa de la fiesta. Y como hacía buen tiempo y como todo era música y baile y mucha fiesta, pues a nadie le importaba ir un poco nevadito. De lo que sí hubo quejas fue de los petardos que pusieron ruido extra al Carnaval coruñés. Mucha gente mayor no resulta compatible con la pólvora, y algunos no reaccionaron nada bien cuando el artefacto les estalló cerca. La calle Torre estaba hasta arriba de gente mucho antes de las ocho, hora fijada para el desfile choqueiro. El sol animó a muchos padres a sacar a sus hijos con el disfraz puesto y los vendedores de helados hicieron su agosto en pleno febrero. La fiesta tiene sus incondicionales y no faltó ese que el pasado año se vistió de López de Alba para pasear a doña Gumersinda del Ventorrillo. En esta ocasión, iba de Javier Mantero -el cura que confesó su homosexualidad- y con su bici rosa recorrió el paseo tocando la campana, en compañía de un muñeco que representaba a su compañero, bajo un cartel de «recién casados». Los homenajes al maltrecho Papagayo tampoco faltaron y hubo, incluso, un par de presos talibanes de esos que EE. UU. esconde en Guantánamo.