Pobres de solemnidad

La Voz

A CORUÑA

CARLOS FERNÁNDEZ HISTORIAS DE A CORUÑA En los años 40 y 50 se servían comidas para miles de personas desfavorecidas en toda la ciudad A donde no llega la justicia llega la caridad, fue una frase del Caudillo que hizo fortuna en las décadas de los cuarenta y cincuenta, cuando una España pobre y hambrienta estaba llena de familias necesitadas de productos de primera necesidad. A ello se unía la escasa cobertura que ofrecía la Seguridad Social, recién inventada por el ministro José Antonio Girón, y que hacía que muchas familias no pudieran ser asistidas médicamente con garantía. Los pobres de solemnidad, reliquia del pasado, volvieron a surgir.

26 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

CARLOS FERNÁNDEZ A CORUÑA Repasando las páginas de la prensa de aquella época son numerosas las informaciones que dan cuenta de aquella caridad oficial u oficiosa. Quizás uno de los actos más representativos de ella fue una comida masiva para tres mil pobres en la mismísima playa de Riazor y en pleno verano. El motivo era «celebrar la estancia del Caudillo en A Coruña». Ocurrió a finales de agosto de 1951 y para que los pobres no cogiesen una insolación se situaron largas mesas bajo los porches de la playa, que al final se extendieron por todo el andén y llegaron incluso hasta la rotonda. Cocinas de campaña El capitán general de la VIII Región facilitó las cocinas de campaña y el menaje preciso para el almuerzo, que fue presenciado por el segundo jefe de la Casa Civil del Caudillo, Fernando Fuertes de Villavicencio; el alcalde de la ciudad, Alfonso Molina Brandao, y los embajadores de la República Dominicana y Bolivia en España, señores Brazire y Herzog, así como, el vicepresidente de la Junta Provincial de Beneficencia, Cristino Álvarez, y otros directivos de la misma. Al aparecer las autoridades, los pobres, que estaban correctamente alineados, prorrumpieron en una gran ovación dando vivas a España, al Movimiento y a su Caudillo. Inmediatamente comenzó el reparto de la comida extraordinaria, que tenía el siguiente menú: sopa templada, paella valenciana, galletas y vino. Se encargaron de la distribución de la comida distinguidas damas y señoritas de la buena sociedad local. Durante el almuerzo, actuaron para los pobres la banda de Vilanova dos Infantes y un cuarteto enxebre de Cacheiras, cerrando las actuaciones la banda de cornetas y tambores del Frente de Juventudes. Al día siguiente se efectuaron otras comidas, menos masivas, en diversos establecimientos benéficos de la ciudad. Rodeando la ciudad se extendía una serie de barrios donde la pobreza campaba por sus respetos: San Roque de Afuera, las Atochas, Monte Alto, San Pedro de Visma, Peruleiro, Monelos. Había casos verdaderamente sangrantes, como San Roque de Afuera, que causaron espanto a personas tan templadas como el gobernador civil Pardo de Santayana, que construyó unas viviendas sociales, por llamarlas de alguna manera, para dar cobijo a las familias más desamparadas. «Francotiradores» Después estaban los llamados francotiradores de la caridad (así les etiquetó el cardenal Quiroga Palacios), con sus roperos, bolsas de comida, refugios y fondos benéficos. Los jóvenes tenían dos recursos para matar el hambre: el de los varones era el servicio militar obligatorio, que entonces duraba un mínimo de dos años, y el de las mujeres era el servicio doméstico.