Harry los hipnotiza

RUBÉN VENTUREIRA

A CORUÑA

Relato de una sesión infantil de la película de moda Me cito con Harry Potter. Voy mentalizado para vivir dos horas y pico de alboroto infantil. Asumo que la banda sonora se fundirá con el crujir de las palomitas. Nada de eso ocurre. El ambiente es más serio que en la sesión inaugural del festival de Cannes. Este Harry es un hipnotizador de críos.

10 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Recuerdo que mi primo salió emocionado de Karate Kid y me cosió a patadas estilosas de vuelta a casa. Disculpable. Cosas de niños, como aquello de juntar los dedos que todos los críos hicimos bajo el influjo del tierno ET. Ya talludito, asistí a un pase de Hook en el que hubo más actividad en la platea -donde los niños incluso abordaron asientos ajenos- que en el barco pirata de la peli. Y cómo vi vibrar a la chavalada con Buzz Lightyear en Toy Story 2, donde disfruté como un gnomo con las emocionadas hordas de enanos. Sin embargo, apenas disfruté con Harry. Como todo viaje en la máquina del tiempo al territorio de la infancia, la tarde prometía emociones. No me las proporcionó. Gafas mágicas Ya estoy dentro, rodeado de muchos niños con gafas a lo Harry, de las redonditas. Me soplan que hay unas a las que le empañas los cristales y aparecen, por arte de magia óptica, las letras hache y pe. ¿Las tendrá alguno? Críos, con y sin gafas, y sus respectivos mayores -más mamás que papás- copan las butacas, que para esta sesión se agotaron el día anterior. Me toca detrás de un crío y veo toda la pantalla: ventajas de la sesión infantil. Se apaga la luz. Tiempo de anuncios. El primero es de un motel, «muy cercano a La Coruña», a donde acuden los amantes, y no precisamente de Potter. Murmullos de la chavalada ante la avalancha publicitaria. «Yo leí el libro», presume una niña allá al fondo. «Y yo también», le contesta otra. Yo, no. Hay ganas de que empiece la peli. Ya está. Se obra el silencio desde los títulos de crédito. Obedientes, dóciles como en la clase de un profe hueso. Así están los jóvenes. No crujen las palomitas. Ni se agitan las cocas. No hay gritos de apoyo al mago en los momentos difíciles. Ni aplausos cuando sale airoso de los retos que los malos le plantean. Asustado Sólo reparo en que estoy rodeado de chavalada, y no de analíticos críticos del Cahiers du Cinema, cuando uno grita, a la media hora, «¡mamá quiero irme para casa!». Un tío bueno pero feo, Hadrig, lo ha asustado. Me solidarizo con el chaval: a mí me pasó lo mismo en Aeropuerto 77. Esta sesión de sobremesa incita a la siesta. Cuando Morfeo está a punto de ganarle la partida a Harry, irrumpe un fantasma de las páginas de un libro. Sólo se escucha un grito en la sala. Lo da un niño de treinta años: yo. «¿Será que ya la han visto todos?», me consuelo. Una mamá que está a mi lado ríe. «Los niños de hoy no son como los de ayer», me dice con la mirada. Será eso.