ANGEL PADÍN PLAZA PÚBLICA
12 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.No es nuevo el tema de convertir a la catedral compostelana en objetivo de infieles, llámense los vikingos, Almanzor, los ingleses que comandaba Drake o, ahora, presuntamente los musulmanes. No erraban en sus preferencias los susodichos considerados infieles (que ellos nos aplican a nosotros porque creen que sus religiones son las verdaderas) porque esta joya de la cristiandad, alcanzada por la barbarie de quien fuere, sería un golpe de muerte para Occidente. Recordamos de la historia que en el siglo IX unos expertos navegantes procedentes del norte europeo y llegados a nuestras costas porque el mar arrastraba a sus frágiles embarcaciones, pretendieron primero conquistar A Coruña, de donde fueron rechazados, para intentarlo de nuevo por el sur de Galicia. Pero casi a las puertas de Santiago tuvieron que salir corriendo ante el ímpetu y valentía de los gallegos. Almanzor llegó hasta la catedral y solamente se llevó como recuerdo su campana, que trasladó a Córdoba. (Por cierto, que Almanzor y sus huestes, antes de regresar a Córdoba, anduvieron merodeando por nuestras costas y dicen que por lo que hoy es Mera y Dexo, en el Portus Magnus de los romanos). Lo de los ingleses con sir Francis Drake a la cabeza ya fue todo un espectáculo, dado que su intención, tras arrasar nuestra ciudad, era dirigirse a Santiago, asolarla, esto es, arrasarla, entrando en el lote la anhelada catedral y después volver al puerto coruñés para continuar sus piraterías. Pero los valientes coruñeses, con María Pita enarbolando la bandera de la ciudad, los rechazaron y así se salvó la capital compostelana y su monumento. Pero, sobre todo, la tumba del Apóstol, que era la pieza más codiciada «por ser centro de una perniciosa superstición». Ahora, cinco siglos después, se ha vuelto a hablar de cometer esa auténtica barbarie contra este monumento. Y, a pesar de desmentidos, incluso de árabes bien informados, no estaría de más, con permiso del franciscano Padre Isorna, que ha tranquilizado conciencias, tomar precauciones, no vaya a ser que resuciten los espíritus almazorianos con ánimos de venganza. ¿Solución? Ofrecerles otra campana y que se la lleven. Todos contentos. redac@lavoz.com