FRANCISCO ESPIÑEIRA FANDIÑO A TIRO FIJO
07 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Los niños saharauis le ablandan el corazón a cualquiera. Víctimas de una guerra tan estúpida como cualquier otra, pagan con su inocencia pervertida las consecuencias del abuso del poder de los cañones. Y como la cadena se rompe siempre por el eslabón más débil, los infantes sufren en sus carnes las carencias de alimentos, de una educación adecuada y hasta de la simple posibilidad de echar una pachanga con sus amigos en un descampado por si estalla una mina asesina abandonada a propósito. Cada verano, durante dos meses, cambian el desierto de arena y los campamentos de la desesperación y se refugian en el paraíso artificial que 200 familias coruñesas construyen de manera altruista para ayudarles a sobreponerse a una pesadilla que no cesa y que, a muchos de ellos, les costará la vida en un campo de batalla de sabe Dios dónde. Ese proyecto que empezó hace una década sobrevive con la ayuda -escasa, que por pedir que no sea- de las instituciones públicas y la colaboración desinteresada de los voluntarios que aportan no sólo sus cuotas, sino también el deseo de ayudar a aquellos que más sufren. Por eso, cuando oigo al empresario taurino Carlos Zúñiga quejarse de que en A Coruña no le entienden y de que ha perdido quién sabe cuantos millones no puedo sentir pena y sólo pienso en lo que necesitan esos pequeños saharauis que volverán a su desierto en apenas un mes. fespineira.redaccion@lavoz.com