JULIÁN CARRILLO CRÍTICA MUSICAL
22 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«El algodón no engaña», decía el circunspecto mayordomo del anuncio. Paul McCreesh me lo recordó desde el principio del concierto del viernes, no tanto por su indumentaria, que también, como por la pulcritud de su ejecución al servicio de cada partitura. La claridad de líneas melódicas, la absoluta limpieza de sonido denotan sus veinte años de experiencia en música renacentista y barroca. La dinámica, demasiado contrastada, también; tal vez porque la gama de intensidades de los instrumentos actuales es mucho más amplia que la de los antiguos o reconstruidos. El viernes 20, el papel de algodón le tocó a Haydn o, por mejor decir, a sus sinfonías número 44 y 60. Las notas falsas en la trompa son como las cerezas: es muy fácil coger la primera, lo difícil es que no se te enganche alguna más. Haydn escribía para sus músicos y las partes de cada instrumento estaban bien adecuadas a sus condiciones y facultades. Su trompa solista era excepcional. Parar para afinar, ya comenzado un movimiento, lo es también. Dejarlo escrito son las cosas del viejo, una trampa para cazar incautos. Los solos, excepcionales. Mahler siempre agradece interpretaciones transparentes, lo necesita, lo exige. La orquesta sonó con claridad, luminosa por momentos, a veces densa y oscura, como cuando en Nun seh''ich wohl... contrastó con la voz clara y llena de matices de Connolly; lástima que su proyección sea insuficiente, no rueda bien y eso en el Palacio de la Ópera se paga siempre. Por lo demás, su interpretación fue de un intimismo muy emotivo y pleno de expresividad. Orquesta Sinfónica de Galicia. Sarah Connolly, contralto. Paul McCreeesh, director. JULIÁN CARRILLO es crítico musical