Afectados por el bricolaje

MANUEL GUISANDE A CORUÑA

A CORUÑA

Juzgan a una familia acusada de insultar a los vecinos porque algunos hacen trabajos en los trasteros Comprarse un piso es «fácil», o al menos asequible si se tiene trabajo (lo cual empieza a ser un lujo) y una nómina, que están los bancos que no se fían ya de nadie; pero con la vivienda se incluye, sin saberlo, los vecinos. Y claro, en esto del convivir con otro, aunque sea separado por una pared, hay de todo. Ayer, un matrimonio y su hijo fueron juzgados por estar acusados de insultar a sus vecinos ya que algunos, según los procesados, usan los trasteros para hacer trabajos de bricolaje, lo que les impide descansar.

23 may 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Ruidos en las viviendas los ha habido siempre. Desde niños que corren por los pasillos, algún residente que grita hasta alguien que da un portazo al salir de casa porque todavía no ha descubierto que existen llaves; pero desde que hace varios años surgió el bricolaje, el asunto se ha complicado y, más de uno, ha tomado ya los trasteros como si fuera una pyme.Tienen un poco de tiempo libre... pues nada, suben las escaleras como quien hace alpinismo, se introducen en el cuartucho y, allí, uno ya no sabe bien si lo que hacen está relacionado con la Teología de la Liberación o con el ermitañismo, pero se pasan horas y horas serrando o dando martillazos.Insultos¿Y quién sufre las consecuencias? Pues eso lo decidirá el titular del juzgado de instrucción número 2, que ayer celebró una vista oral en la que la presidenta de una comunidad, ubicada en la calle Vicente Aleixandre (en El Castrillón), denunció a un matrimonio y su hijo por insultos.La señora afirmó que a cualquier hora del día alguno de los procesados se asoma a la ventana y entre taco y taco suele decir que «va a matar a todos a tiros» o que «prenderá fuego al edificio». Lo mismo aseveraron varios testigos, quienes añadieron que esa situación «nos da miedo».«No podemos descansar»Por su parte, los procesados manifestaron que en modo alguno proferían insultos a sus convecinos, y explicaron que lo que sucede es que hay inquilinos que usan los trasteros para hacer trabajos, «nos molestan y no podemos descansar». El hijo del matrimonio dijo que no sólo no los maltrata de palabra, sino que recibe improperios de otros ocupantes del edificio.En tanto la acusación particular pidió una multa de 20.000 pesetas, el titular del juzgado se imaginaba la escena y por dentro seguro que pensó: «¿A éstos?, los veo otra vez aquí». La culpa, tal vez el bricolage.