Querer al Celta es fácil. Creer en él, no tanto. Nos ha dado algunas alegrías, sí. Pero siempre que el autobús ha salido a la calle, ha sido sin trofeos encabezando sus desfiles.
A pesar de todo, nadie puede negar que el celtismo ha encendido su entusiasmo a igual temperatura tanto en hazañas europeas y finales de Copa, como en ascensos, derbis e incluso en goles puntuales con una trascendencia relativa. Atrás quedó la época de La máquina que deslumbraba a los aficionados al fútbol del país y de media Europa y protagonizaba alguna que otra portada deportiva de tirada nacional.
Fue un oasis sin recompensa cuyo espejismo ya no nos creemos. Porque sabemos bien quienes somos. Un club con varios puñados de fieles que ya no están mal acostumbrados. Hinchas que ahora se emocionan con la entrega de Bermejo, o con la vuelta del capitán tras una grave lesión, que se enorgullece de la galleguidad de su equipo o con el debut de un chaval de 17 años en la portería, y que llora por la marcha de un entrenador que se dejó contagiar por el sentimiento celtista. Nos conformamos con esos pequeños logros.
Por eso somos el Celtiña, al que, confieso, veía en Segunda hace un par de semanas. Algunos tuvieron fe, no muchos, porque insisto, es el Celtiña. Pero en Valladolid volvió a ser el Celta y ayudado de esa fortuna que históricamente nos ha dado la espalda, logró esta última oportunidad, que podría volver a subir la temperatura en el entusiasmo de sus devotos este sábado.
Creer en el Celta no es tan fácil. Pero esta vez me sumo al carro y lo haré empujando desde abajo. No me merezco estar arriba. Se lo dejo a los creyentes.