De multas, sanciones, cultura y sentido común

Carlos Melchor AL OTRO LADO

CDLUGO

Partamos de una cuestión obvia: el rechazo frontal hacia cualquier acto violento, xenófobo o reprobable en el mundo del deporte, ya sea al más alto nivel o en las categorías de formación, mucho más sensibles aún. Pero una sociedad moderna, expuesta a diario a tantos tipos de miseria, no puede evitar que el ámbito deportivo sea un reflejo fiel de lo que somos, vemos y vivimos.

Dicho esto, el intento de Tebas y Cardenal por regular los cánticos en los estadios de fútbol ha mutado en fiasco por la ridícula aplicación práctica que tiene cada fin de semana. Como cada vez que algo no funciona en este país, se ha creado un marco normativo, un panel de observadores y un grupo de trabajo que da respuesta a golpe de ley, una más, al problema de intolerancia en el fútbol. Aplicarla con dos dedos de frente ya es otro cantar.

Esta norma no es más que una mala copia, por ejemplo, del código de conducta del espectador que la NBA obliga a aplicar de forma inflexible a todas sus franquicias. El abucheo es el 10 en la escala de cosas feas que el fan puede hacer. El insulto a voz en grito o el gesto inapropiado pueden acabar en expulsión del pabellón en caso de que sea oído por algún acomodador o que al vecino de al lado le parezca inapropiado. Algo propio de una sociedad en exceso puritana y demasiado preocupada por aparentar, pero que cuida con celo que las formas y el civismo sean pilares innegociables en el día a día. Esa normativa funciona porque se desarrolla en un contexto muy concreto. Pretender lo mismo en otra cultura con diferentes costumbres, ni mejores ni peores, y diferentes individuos, haciéndolo de modo ridículo e inflexible, la convierte en papel mojado que genera más carcajadas que concienciación. Es evidente que hay que tomar medidas contra los asquerosos cánticos que incitan a la violencia de género, como se han escuchado repetidas veces en el campo del Betis, pancartas que degradan a parejas de jugadores o alaridos humillantes contra futbolistas de color. Pero meter en el mismo saco al legendario e inofensivo «manos arriba esto es un atraco» o a las expresiones jocosas o mordaces que son políticamente incorrectas, pero que son parte de nuestra idiosincrasia, convierten un loable intento por mejorar las cosas en un esnobista lavado de cara a ritmo de multa económica.