El Lugo vive la sexta temporada del mejor ciclo de su historia. Campeón de Liga y dos finales en la primera campaña. Ascenso en la segunda. Trienio manteniendo la categoría sin pisar zona de descenso en jornada alguna. Ahora, en la sexta, inicio notable e ilusionante, pese a las derrotas precedentes.
Como local, el equipo ha disputado, como competidor de Segunda División, 67 partidos de Liga y 3 de Copa. Solo 17 derrotas. Los lucenses dejaron de sumar por vez primera en casa en este campeonato el pasado domingo, paradójicamente en el encuentro más completo, quizás, del curso. El Lugo, ante su afición, controla mayoritariamente los partidos, disfruta de la posesión, llega más y mejor que el rival y cuenta con las principales ocasiones. Con excepciones, claro está. Faltaría más. Difícilmente, otro conjunto de la categoría puede gozar de jugadores que disfrutan y hacen disfrutar como el «mago» David López, con esa primera mitad del domingo. Con futbolistas que cuidan la pelota como Manu, Seoane, Pita y David todo es más sencillo. Sobran los motivos para divertirse como aficionado lucense. Un bendito lujo para nosotros. Cuanto más fácil parece a ojos del espectador, más difícil realmente es lo que están realizando. El complejo arte de la simplicidad. Si estos cuatro están a su nivel, sus pares persiguen sombras. Su principal característica es recibir el balón en una determinada condición y ofrecérsela a un compañero en una coyuntura mejor. Cuán fácil es comentarlo y qué complicado es perpetrarlo. Si a ellos se suman jugadores como el talentoso Sergio Marcos o un llegador como Campillo, más mimbres para el cesto.
Si tú tienes la pelota, estás defendiéndote. Con el balón, contarás con más opciones de marcar gol. Si rifas la pelota le das chance al rival. Mezclando registros sin dogmas. Alternando estrategias para dificultar la reacción del contrario. Empleando la sorpresa y la imprevisibilidad como riquezas.
No es una final. No hay dramatismo. El fútbol es naturalidad. Sobran los motivos para ir al Ángel Carro.