Con seis partidos por jugarse y diez puntos sobre el descenso, podríamos decir, en voz baja, que el Lugo está virtualmente salvado. Aunque los caminos de los finales de liga son inescrutables, ya sea por la pasión extra que le echan los que están al borde del abismo o por los tejemanejes del otro fútbol, menos inocente y de carácter delictivo, que depara resultados que solamente se explican por el grosor de los fajos de billetes.
En una temporada normal, una vez conseguido el objetivo, la sala de máquinas de la dirección deportiva estaría a pleno rendimiento. Es de lógica: quien más madruga suele llevarse las mejores piezas. El problema lo tiene el que aparece a última hora y se lleva sardinilla a precio de besugo. En pleno maremoto social, el club se encuentra bajo una parálisis planificadora que podría hipotecar lo que viene. Es otra de las consecuencias de un proceso mal parido, peor gestionado y de final incierto. Mientras el tiempo sigue corriendo en contra, la encrucijada ante la que se encuentra Carlos Mouriz es de órdago. Y de compleja solución. Habrá los que piensen que, mientras no haya nada en firme, sea él el que fiche como si nada hubiera sucedido para no quedar descolgados del pelotón. Es una cuestión con múltiples aristas, en la que la posibilidad de no firmar nada para que los que llegan no entren con las manos atadas, podría ser comprensible. Sin ser Mouriz de los que firman renovaciones anticipadas para evitar acomodamientos prematuros, es de los que a estas alturas ya tendría puesto el ojo sobre algún interesante producto de la lonja. Uno siempre fue de los que prefiere escoger cuando abunda la mercancía.
¿Y si al final siguen los que están? ¿Y si la llegada de los que vienen se retrasa aun más por motivos legales? ¿Y si la justicia todavía paraliza el proceso? En este cúmulo de «y síes» se juega el futuro a cortísimo plazo del club. Los nubarrones del futuro siguen eclipsando una brillante realidad.