Nada nuevo bajo el sol agosteño en la antesala de noviembre. El Lugo padece el mal más irremediable del fútbol: no tiene gol. Cada vez que perfora las redes contrarias, se produce un alivio colectivo de sus escasos fieles, casi siempre por debajo de los cuatro mil devotos en el semidesértico graderío do Anxo Carro. La vieja coartada de la falta de aforo ya no existe. Y da igual el rival de enfrente. Esta vez era el Llagostera, con plaza en descenso, el visitante. Y el mismo guion a escena: salida fulgurante de los lucenses, rompiendo por fuera y por dentro a la defensa rival, pero sin dividendos en el marcador. No digo electrónico, porque tampoco existe para mayor miseria del habemus. Unos primeros minutos arrolladores, con un Pita inspirado y omnipresente, un David López profundo y un Luis Fernández, protagonista de un eslalon prodigioso, al que le falló la puntilla. Fueron argumentos suficientes para estrenar marcador, pero para eso se precisa lo que no se tiene: remate de gol. Para colmo, pronto saltaron las alarmas en una jugada sin aparente peligro, cuando David López tuvo que retirarse con una lesión inesperada. El Llagostera apenas cruzó la divisoria en el primer tiempo. La única vez que creó peligro fue en el minuto 27, cuando un defensa lucense sacó de la línea de meta un balón que se colaba. Pasó Ferreiro a la mediapunta con la salida de Iago. Ferreiro repitió anteriores actuaciones: amaga mucho más de lo que hace, y eso le convierte en un jugador intrascendente. Precisamente fue Iago el principal artillero del Lugo, aunque disparó demasiado al muñeco, salvo en el minuto 58, cuando René no controló su disparo y Luis Fernández remachó a la red. Era la tarde de Pavón, pero no la de un Manu irreconocible atrás. La victoria le duró al Lugo solo 18 minutos, hasta que Sergio León entró como Perico por su casa y batió a José Ángel. Al Lugo le volvió ahogar su falta de gol, aunque llegara a jugar bien; pero eso solo no basta. Y se complica la vida...